
Richard Flanagan (2016). «El camino estrecho al norte profundo». casadellibro.com
Las guerras dejan heridas que tardan décadas, cuando no siglos, en cicatrizar. La batalla de Gallipoli, por ejemplo, continúa muy presente en la memoria colectiva de las sociedades australiana y neozelandesa, hasta el punto de que, setenta y cinco años después de las más de 10.000 bajas que ambos países sufrieron en suelo turco, se institucionalizó el Anzac Day (Australian and New Zealand Army Corps Day). Esta jornada conmemora a todos los soldados que perdieron la vida en aquella batalla de la Primera Guerra Mundial. Con el paso del tiempo, la celebración se ha ampliado para recordar también a quienes sirvieron y murieron en guerras posteriores, conflictos armados y misiones de paz, como ocurrió en la batalla de Singapur durante la Segunda Guerra Mundial.
En febrero de 1942, unos 22.000 soldados australianos destinados en Singapur —que no llegaron a entrar en combate por razones estratégicas— se rindieron ante el ejército japonés. De ellos, alrededor de 9.000 fueron enviados a la construcción de los 450 kilómetros del Burma-Thailand Railway o “Death Railway”, concebido para unir Bangkok con Rangún a través de la jungla.
El 15 de febrero de 1942, Singapur, la principal base militar británica en el sudeste asiático, cayó en manos japonesas. Sin embargo, en 1943 Japón se encontraba al límite de sus fuerzas: padecía una severa escasez de recursos y comenzaba a perder la guerra. En ese contexto, la construcción de un ferrocarril se volvió imperiosa. Su objetivo era interrumpir el suministro de armamento aliado al ejército nacionalista chino, facilitar una eventual ofensiva sobre la India y reforzar el frente birmano mediante el traslado de tropas y material. Japón carecía de dinero, maquinaria y tiempo, pero confiaba en su espíritu indómito y en la disponibilidad de cerca de 300.000 esclavos asiáticos y occidentales.
Las autoridades japonesas concebían el ferrocarril como un hito histórico: pretendían levantarlo sin maquinaria europea y en poco más de un año, cuando los ingenieros británicos calculaban que serían necesarios al menos seis. La obra simbolizaría, a sus ojos, el triunfo de su visión del mundo y el advenimiento de un nuevo motor del progreso global. Para ello, llevaron a los trabajadores —que pronto quedaron reducidos a tres categorías: enfermos, muy enfermos y moribundos— al límite absoluto de su resistencia.
Desnudos, armados únicamente con cuerdas, estacas, martillos y barras, cestos de paja y azadas, aquellos hombres desbrozaron la selva, horadaron la roca y transportaron carriles y traviesas bajo condiciones extremas. Pasaron hambre, sufrieron palizas y trabajaron hasta el agotamiento total. Uno de cada tres perdió la vida durante las obras, víctimas de la extenuación, las enfermedades y la brutalidad sistemática.
A partir de estos hechos históricos, el novelista tasmano Richard Flanagan publicó en 2013 El camino estrecho al norte profundo. La novela se inspira en dos testigos directos de la construcción del Ferrocarril de la Muerte: su propio padre y Edward “Weary” Dunlop, médico australiano que, al igual que el protagonista de la novela, intentó proteger a sus hombres de la desnutrición, las enfermedades y las torturas, además de negociar mejores condiciones de trabajo con sus captores. La novela retrata con crudeza y realismo el horror de aquella empresa y aborda cuestiones universales como el sufrimiento humano o la dificultad de seguir viviendo después de haber sobrevivido.
Galardonada con el Premio Man Booker en 2014, su título rinde homenaje a Sendas de Oku, el diario de viaje en prosa y verso más famoso de Matsuo Bashō, el gran escritor japonés del siglo XVII que tanto contribuyó a dignificar el haiku, una forma poética que aparece de manera recurrente a lo largo de la novela.
Como símbolo trágico de aquella historia, queda el recuerdo de que el 25 de octubre de 1943 la locomotora de vapor C 5631 —hoy conservada en el Museo Yushukan de Tokio— remolcó tres coches con dignatarios japoneses y tailandeses y recorrió el trazado completo del Ferrocarril de la Muerte, parte del cual ha sido inmortalizado en películas como El puente sobre el río Kwai o Un largo viaje. Sin embargo, aquella infraestructura perdió de inmediato su razón de ser con la rendición de Japón. Los ingenieros y guardias fueron encarcelados o repatriados; los esclavos que permanecían para su mantenimiento, liberados. Pocas semanas después del final de la guerra, los tailandeses la abandonaron, los británicos la desmantelaron y las poblaciones locales la desguazaron y vendieron, borrando poco a poco las huellas materiales de una de las mayores tragedias del siglo XX.
DATOS BIBLIOGRÁFICOS
- Autor: Richard Flanagan
- Título: El camino estrecho al norte profundo
- Editorial: Random House
- Año de la presente edición: 2016
- Páginas: 445





























