
Locomotora N.º 51 en cabeza del tren turístico que recorre el Parque Minero Riotinto.ondaminera-rtv-nerva.es
El Año de los tiros es la expresión con la que ha pasado a la historia la matanza de civiles perpetrada el 4 de febrero de 1888 en las Minas de Riotinto, en la provincia de Huelva. Este episodio, uno de los más trágicos de la historia social contemporánea de España, tuvo su origen en la represión de una protesta obrera y medioambiental en la que el ferrocarril desempeñó, de manera involuntaria, un papel protagonista.
El conflicto comenzó el 1 de febrero, cuando los trabajadores de la sociedad mercantil británica Rio Tinto Company Limited iniciaron una huelga para reclamar mejoras laborales, entre ellas la reducción de la jornada de doce a nueve horas; la supresión de la llamada peseta facultativa, un descuento salarial destinado a financiar la asistencia médica de la compañía; y la eliminación de las multas por motivos como llegar tarde al trabajo o perder el libro de anotaciones laborales.
También exigían el fin de las calcinaciones de mineral de cobre al aire libre, conocidas como teleras, un procedimiento prohibido en numerosos países, entre ellos Portugal. Esta técnica consistía en apilar grandes cantidades de mineral de cobre junto con combustible para provocar una combustión que podía prolongarse durante meses, con el fin de eliminar parte del azufre y facilitar el posterior tratamiento del mineral. Sin embargo, el proceso liberaba enormes cantidades de dióxido de azufre y otros contaminantes, generando densas nubes de humo, conocidas como mantas, que perjudicaban gravemente tanto la salud de la población como los cultivos. De sus efectos eran muy conscientes los habitantes de localidades como Riotinto, Nerva o Zalamea, que los padecían directamente.

Teleras en Riotinto durante la huelga de 1888. abc.es
La protesta fue sumando apoyos hasta desembocar, tres días después, en una multitudinaria concentración pacífica frente al Ayuntamiento de Riotinto. La extensa red ferroviaria minera facilitó la llegada de manifestantes procedentes de distintos puntos de la comarca. Su trazado principal, inaugurado en 1875, conectaba las explotaciones mineras con el puerto de Huelva, mientras que sus numerosos ramales enlazaban los diferentes núcleos y asentamientos de la Cuenca Minera. Gracias a esta infraestructura, acudieron a la convocatoria entre 12.000 y 14.000 personas, básicamente mineros, agricultores vinculados a la Liga Antihumos y sus familiares, incluidos mujeres y niños.
La tarde del 4 de febrero, mientras los representantes de los manifestantes trataban de trasladar sus reivindicaciones a las autoridades, la tensión desembocó en una intervención militar. Las tropas del Regimiento de Pavía, trasladadas ese mismo día a Riotinto por ferrocarril, abrieron fuego contra la multitud y, acto seguido, cargaron contra ella con bayoneta. La cifra oficial de víctimas mortales fue de trece, aunque nunca se ha podido determinar con certeza el número real de fallecidos. La memoria oral de la comarca y diversas investigaciones apuntan a que la cifra podría haber rondado los dos centenares.
Dichas fuentes señalan también que cadáveres que no figuraban en los registros oficiales fueron transportados en vagones de mineral y enterrados clandestinamente en los vacíes —las escombreras de las explotaciones mineras— y otros terrenos de la Compañía. Asimismo, relacionan estos transportes con el llamado Tren de la Muerte, el convoy que habría trasladado los cuerpos de las víctimas y cuya tracción habría corrido a cargo de la locomotora n.º 51, conocida como La Maldita.
En la actualidad, la locomotora n.º 51 constituye un testimonio vivo de una de las mayores masacres de civiles perpetradas en Europa occidental durante el último cuarto del siglo XIX, vinculada también a la que puede considerarse la primera expresión del ecologismo en España. Hoy encabeza el tren turístico del Parque Minero de Riotinto, que recorre unos 22 kilómetros, ida y vuelta, por una vía de ancho colonial de 3 pies y 6 pulgadas, (1.067 milímetros), medida ampliamente adoptada por el Imperio británico en sus territorios coloniales. El recorrido permite descubrir el patrimonio ferroviario e industrial de la Cuenca Minera y, al mismo tiempo, evocar uno de los episodios más dolorosos de su historia.





























