
Entrada al Campo de Concentración de Miranda de Ebro. elmundo.es
Los campos de concentración no pueden entenderse sin el ferrocarril. Su ubicación respondía, en gran medida, a criterios logísticos: la proximidad a los grandes nudos ferroviarios facilitaba la llegada constante de prisioneros, el traslado de trabajadores forzados a fábricas e instalaciones industriales, el transporte de los bienes confiscados a las víctimas e incluso el abastecimiento de los propios campos. El ejemplo más conocido es Auschwitz-Birkenau, conectado directamente a la red ferroviaria.

Campo de Concentración de Auschwitz-Birkenau. hellotickets.es
El Campo de Concentración de Miranda de Ebro siguió ese mismo modelo. Fue creado por una Orden del Gobierno de Franco de 5 de julio de 1937, tras la caída de Bilbao y el derrumbe del frente norte, en el paraje de La Hoyada, en la confluencia de la línea férrea Castejón de Ebro–Bilbao con el río Bayas. Su emplazamiento no fue casual. Miranda era uno de los principales nudos ferroviarios del norte peninsular, contaba con excelentes comunicaciones tanto por carretera como por ferrocarril, se encontraba en la provincia de Burgos —una de las primeras donde triunfó el golpe de Estado de 1936— y disponía de abundantes recursos hídricos gracias al río Bayas. Todo ello convertía a la ciudad en un enclave de gran valor estratégico, tanto desde el punto de vista militar como logístico.

Plano del Campo de Concentración de Miranda de Ebro. elmundo.es
El recinto, con una superficie de 42.000 metros cuadrados, estaba formado por treinta barracones para los internos y nueve edificios auxiliares. Permaneció en funcionamiento entre 1937 y 1947, con una población media cercana a los 3.700 reclusos. A lo largo de esos diez años pasaron por él alrededor de 65.000 personas de 58 nacionalidades y, según las cifras oficiales, fallecieron 162. Entre 1954 y 1955 fue desmantelado de forma definitiva.

Infografía del Campo de Concentración de Miranda de Ebro. my.dotsmaps.com
Las condiciones de vida eran extremadamente duras. El hacinamiento, la falta de higiene, la escasez de alimentos y los malos tratos provocaron reiteradas protestas. Las humillaciones y las agresiones por parte de los guardias eran constantes. Además, al amparo de un decreto de Franco de 28 de mayo de 1937, numerosos prisioneros fueron incorporados a los Batallones de Trabajo bajo el pretexto de la «reeducación», participando en la reconstrucción del país mediante trabajos forzados. En el ámbito ferroviario intervinieron, entre otras obras, en la reparación del viaducto de Ormaiztegi y en la construcción de la doble vía entre Castejón de Ebro y Zaragoza, así como entre Miranda de Ebro y Alsasua.

Depósito de agua original del Campo de Concentración, junto al río Bayas.
En la historia del campo pueden distinguirse tres grandes etapas. Entre 1937 y 1940, la mayoría de los internos eran prisioneros republicanos y miembros de las Brigadas Internacionales. Entre 1940 y 1944 comenzaron a ingresar ciudadanos extranjeros procedentes de los países aliados y judíos que huían de la persecución nazi. El número de estos últimos aumentó de forma considerable tras la Redada del Velódromo de Invierno de París, organizada por el régimen colaboracionista de Vichy en julio de 1942, durante la cual fueron detenidas cerca de 13.000 personas.
La situación de los prisioneros extranjeros evolucionó al ritmo de la Segunda Guerra Mundial. Tras el desembarco aliado en el norte de África, el franquismo fue suavizando progresivamente su trato y autorizó la liberación de numerosos internos debido a la creciente presión de las embajadas británica y estadounidense, así como del Comité Internacional de la Cruz Roja. En esta labor desempeñó un papel decisivo el médico de campaña de la Cruz Roja y colaborador del Servicio Secreto Británico, el gallego Eduardo Martínez Alonso, quien logró la evacuación de 365 judíos gracias a la emisión de informes falsos en los que certificaba supuestas enfermedades graves y recomendaba su traslado para evitar contagios.
La tercera etapa, entre 1944 y 1947, estuvo marcada por la llegada de oficiales y soldados alemanes que huían del hundimiento del Tercer Reich tras el desembarco de Normandía con la intención de continuar su fuga hacia Latinoamérica. Esta circunstancia obligó incluso a dividir el campo en dos sectores diferenciados: uno destinado a los aliados y otro a los alemanes.
El ferrocarril, concebido para transportar personas y mercancías, conectar territorios y favorecer el desarrollo económico, terminó convirtiéndose, en manos de los regímenes totalitarios, en un instrumento esencial para la represión, la deportación y, en algunos casos, el exterminio de millones de seres humanos. El Campo de Concentración de Miranda de Ebro, el más longevo y uno de los de mayor capacidad de los más de trescientos creados por el franquismo, no fue una excepción. La inmensa mayoría de sus prisioneros llegaron en tren, hacinados en vagones de ganado, en un viaje que para unos marcó el principio del fin y para otros el comienzo de un largo calvario.





























