La mirada ferroviaria de Giorgio de Chirico

Autorretrato. 1911. WikiArt.org

Giorgio de Chirico figura en los anales de la historia del arte como el creador de la pintura metafísica, un estilo que cultiva entre 1909 y 1919, y que se caracteriza por tratar de ir más allá del mundo físico y mostrar la realidad subjetiva del artista tal como la imagina, interpreta o descubre en su inconsciente. Una pintura que parece estar representando sueños, en la que los elementos simbólicos son elegidos concienzudamente y que ejercerá gran influencia sobre los surrealistas.

Aunque de nacionalidad italiana, nace en Grecia en 1888. Hijo de un ingeniero ferroviario que participó en la construcción del trazado entre Atenas y Tesalónica, los trenes serán un elemento habitual en sus cuadros, lo cual puede ser considerado tanto un homenaje a su progenitor como un guiño al futurismo. A los 18 se traslada con su familia a Alemania. En Múnich, ingresa en la Academia de Bellas Artes y se empapa de la obra de los pintores simbolistas Max Klinger y Arnold Böcklin, así como de los filósofos Nietzsche y Schopenhauer. Estos hechos tendrán un claro reflejo en su obra, tal como se puede apreciar en La conquista del filósofo, cuadro en el que, en una plaza desierta, vemos una yuxtaposición de objetos: un cañón, un reloj, la chimenea de una fábrica, una torre monumental, un tren de vapor, las sombras de dos personas que están fuera del cuadro y unos elementos extraños que transmiten la sensación de estar viendo algo absurdo, como son las dos alcachofas situadas en primer plano. La luz es suave, propia del atardecer. Un enrevesado rompecabezas, que transmite vacío, soledad y melancolía.

La conquista del filósofo. 1914. WikiArt.org

En el otoño de 1909 llega a Turín y ve sus grandes plazas con arcos que proyectan sombras en sus pasillos interiores y sus estatuas y fuentes que, con la luz de la tarde, generan sombras muy largas sobre el pavimento. Dicha visión le inspirará paisajes urbanos que pintará en repetidas ocasiones, como Plaza de Italia, donde las altas arcadas generan sensación de vacío. En el horizonte apreciamos una torre con dos templos clásicos superpuestos y sus banderas desplegadas por un viento que no sopla, así como un tren en la lejanía. En la mitad del cuadro, dos hombres, cuales maniquíes, se saludan detrás de una estatua de una mujer acostada. En primer plano, observamos un misterioso cubo. La luz amarillenta genera largas sombras. Es difícil descifrar el mensaje, porque aunque todos los objetos son reconocibles, parece que estamos ante una pesadilla silenciosa.

Plaza de Italia. 1913. WikiArt.org

Tras Turín se va a París, donde se relaciona con los grupos vanguardistas, pero sin integrarse en ellos, algo apreciable en Gare de Montparnasse (La melancolía de la partida), una pintura figurativa que no representa un lugar real. Se trata de un espacio abierto, vacío, con presencia humana testimonial, sombras alargadas y colores sencillos, todo lo cual transmite una sensación enigmática e inquietante. En el ángulo inferior derecho unos plátanos, que se prestan a múltiples interpretaciones, dan a la obra un toque surrealista.

Gare de Montparnasse (La melancolía de la partida). 1914. WikiArt.org

En 1914, diez años antes de la aparición del surrealismo, pinta La canción de amor, una obra onírica en la que se mezclan objetos modernos y antiguos. En ella contemplamos la cabeza del Apolo de Beldevere, un guante rojo, una bola verde y una locomotora al fondo; un cuadro que de nuevo rezuma melancolía y pretende ir más allá del mundo físico. Está considerado el precedente del surrealismo, estilo que en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado tratará de plasmar los sueños e imágenes del subconsciente a través del automatismo psíquico.

La canción de amor. 1914. Wikipedia.org

Un año después es llamado a filas para combatir en la I Guerra Mundial, de donde regresa herido en 1917. Progresivamente abandona su nihilista y enigmática etapa metafísica de arquitecturas vacías, paisajes sombríos, naturalezas muertas, soledad, silencio y tristeza, para centrarse en un arte más académico y neoclasicista. Aunque los surrealistas no le perdonarán su deserción, el “Pictor Optimus”, tal como figura en su tumba, muere en 1978 admirado y respetado. Su influencia es claramente observable en Salvador Dalí, Edward Hopper o René Magritte, que se adhirió al movimiento surrealista tras contemplar “La canción de amor”.

Bruce Springsteen, el boss ferroviario

Imagen: youtube.com

En 1974, la CBS seguía presentando a Bruce Springsteen como el nuevo Dylan, pero todo cambió a raíz de un recital en el Harvard Square Theater de Boston al que asistió el prestigioso periodista de rock Jon Landau. Tras el espectáculo, Landau escribió: “vi el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen”. Acto seguido la CBS modificó su estrategia, publicó “Born to Run” y nada fue igual. Con el paso de los años hemos comprobado que sus palabras resultaron proféticas, porque cinco décadas después sigue siendo el mejor embajador del rock. Y lo ha conseguido gracias a su vitalidad, talento y creatividad; con canciones pobladas de personas viajeras que buscan un futuro, huyen de la realidad o tratan de curar sus heridas internas, en las que el tren, en sentido literal o figurado, juega un papel relevante.   

Un buen ejemplo de su talento como poeta de la gran ciudad y cronista del reverso del sueño americano es New York City Serenade, composición que nos cuenta la historia de un joven adicto a la heroína y de su novia que no quiere verse arrastrada al abismo, en la que el tren simboliza la droga y las vías las venas. También Black Cowboys, canción sobre un chico llamado Rainey Williams que vive en Mott Haven, uno de los barrios más pobres del Bronx. Muy unido a su madre, la cual trata de protegerle de los peligros de las pandillas y la calle, hasta que es ella la que se enamora de la persona equivocada y se vuelve una adicta. Finalmente será el propio Rainey quien acabará robándole 500 dólares a su “padrastro”, tomar el tren y huir en busca de un futuro mejor.   

Su interés por las personas y las historias cotidianas es recurrente en su obra. Un ejemplo muy conocido lo tenemos en Downbound Train. En ella nos describe la vida de Joe, un hombre que ha perdido su trabajo, novia, libertad y futuro. Todo lo cual hace que se sienta como un jinete en un tren a la deriva. El desamor es también la esencia de Leavin’ Train, canción grabada para el disco “Human Touch”, pero incluida en “Tracks”, el recopilatorio con 66 descartes que vio a luz en 1998. Se trata de un tema con un memorable solo de guitarra en la que conocemos a un joven cuyo amor no es correspondido, algo que comprueba cada vez que mira a los ojos de su chica, que parecen un tren en marcha, de ahí que tenga la sensación de que ella quiere dejarlo. Sin embargo, la balada Tucson Train transmite algo más de optimismo, porque nos habla de un hombre de la construcción que se desplaza desde San Francisco hasta Tucson, Arizona, para comenzar una nueva vida y aunque la relación con su novia en California no era muy sólida, de hecho pensaba que su amor había sido en vano, ahora espera con ilusión su llegada en el tren de las 5.15.

Si bien su faceta más conocida es la rockera, de vez en cuando nos sorprende con discos acústicos como “Nebraska” o The Ghost of Tom Joad, que comienza con la composición que da título al disco, en cuyo primer verso encontramos a varios hombres que caminan por las vías del ferrocarril. Basada en el protagonista de la novela por antonomasia de la Gran Depresión, “Las uvas de la ira”, de John Steinbeck, es difícil no apreciar un paralelismo entre la situación que vivía EE. UU. en 1929 y el año en que se editó el disco, 1995, así como su compromiso con las personas más desfavorecidas. El compromiso, unido a la emotividad, es asimismo el leitmotiv de The Last Carnival, composición en la que en 2009 rindió un sentido homenaje a su teclista Danny Federici, fallecido un año antes, razón por la que canta “tomaremos el tren sin ti esta noche”.

Como demostró con su disco “The Rising”, editado al año siguiente del ataque a las Torres Gemelas, a veces se erige en portavoz de la esperanza, como en Land of Hope and Dreams, que ha sido el punto final de numerosos recitales. En el tren de las grandes ruedas los sueños no se verán frustrados y la fe será recompensada. A diferencia de otras canciones, como por ejemplo “People Get Ready”, todo el mundo es bienvenido, santos y pecadores, ganadores y perdedores, prostitutas y jugadores, locos y reyes…, en su viaje a la tierra de esperanza y sueños, es decir, al sueño americano.

Springsteen, ejemplo de honestidad y entrega ilimitada en sus maratonianos recitales; admirado e imitado en todo el mundo, entre otras razones porque en sus canciones muchas personas ven reflejadas sus propias vivencias, es paradójicamente uno de los artistas con más discos piratas, entre los que se encuentra el muy ferroviario “Railroad Tracks”.

El tren lunático

Imagen: amazon.es

En un momento en el que las reivindicaciones se multiplican, tanto en África como en Europa, para que se gestione el fin de la herencia colonial de Alemania en Namibia, Bélgica en el Congo y Gran Bretaña en Kenia, como consecuencia de sus políticas racistas que provocaron millones de muertos, la publicación en España de “El tren lunático”, de Charles Miller, cinco décadas después de su llegada al mercado anglosajón, resulta de lo más oportuna.

Tomando como referencia la construcción del ferrocarril que a principios del siglo XX unió Mombasa, en el océano Índico, con Kisumu, en el lago Victoria, el autor analiza el inicio del imperialismo británico en el África Oriental. Un recorrido histórico que va desde la conquista de Zanzíbar por los portugueses en el siglo XVI, hasta los años posteriores a la Primera Guerra Mundial, con los colonos británicos asentados ya en las Tierras Altas de Kenia.

Entre 1896 y 1901, la empresa British East Africa Company construyó un ferrocarril de 930 kilómetros que recibió el nombre de Uganda Railway. Considerado como el  ferrocarril más audaz del mundo, discurría por un territorio en gran parte sin explorar, porque después de Mombasa había un desierto, a continuación una vasta área que ascendía hacia una región volcánica dividida por el Valle del Rift, para terminar con un lodazal de casi 200 kilómetros.

La que pretendía ser una obra de referencia comenzó siendo un fiasco económico, de ahí su nombre de tren lunático, porque costó 5 millones de libras esterlinas, el doble de lo presupuestado. Para la obras fueron contratados 32.000 indios, de los cuales 2.600 murieron y 6.000 quedaron incapacitados. Su construcción fue muy cruenta, porque los enfrentamientos con las tribus kikuyu, masai y nandi derramaron mucha sangre. A lo que hubo que añadir el centenar largo de personas que fueron devoradas por los leones de Tsavo y las bajas mortales como consecuencia de la malaria y las  picaduras de las moscas tsé-tsé. También muy dolorosa por las heridas causadas por los durísimos espinos de las bomas y los efectos de la altas temperaturas en los elementos metálicos, como los carriles, que abrasaban las manos de los trabajadores.

Entró en funcionamiento en 1903 y sigue en activo, pero ahora con alguna modificación en su trazado y trenes chinos entre Mombasa y Nairobi. Su construcción se debió a un cúmulo de razones, desde la  necesidad del Imperio Británico de controlar Egipto, las fuentes del Nilo y el Canal de Suez, hasta abrir nuevas rutas comerciales y acabar con la esclavitud, pasando por la obligación moral de llevar la “Pax Britannica” a unos nativos sin civilizar.

Considerado un clásico de la literatura de viajes, “El tren lunático” es también un exhaustivo y absorbente tratado histórico sobre el imperialismo británico en el África Oriental, en el que Miller reconoce que los intrusos blancos, con su coraje y avaricia, impusieron su presencia a unos pueblos que no la habían pedido y la justifica, a pesar de algunos excesos, por considerarla beneficiosa para todas las partes implicadas.

DATOS BIBLIOGRÁFICOS

  • Autor: Charles Miller
  • Título: El tren lunático
  • Editorial: Ediciones del Viento
  • Año de publicación: 2019
  • Páginas: 768

Jazz-rock ferroviario, vibrante fusión

Imagen: Amazon.com

A finales de los años 60 del siglo pasado, el jazz, posiblemente el género musical que mejor ha interiorizado los sonidos del ferrocarril, unió sus fuerzas con el rock. Surgió así un estilo ideal para el lucimiento de músicos superdotados que, con sus instrumentos eléctricos o electrónicos, compusieron e interpretaron unos instrumentales muy complejos, llenos de filigranas e improvisaciones. Sin embargo, dada la deriva megalómana y egocéntrica que estaba tomando, en la década siguiente surgió una corriente más comercial conocida como fusión.

Gracias a su destreza con el violín eléctrico y a los efectos que incorpora en sus composiciones, el francés Jean-Luc Ponty es uno de los representantes más distinguidos, tanto por su carrera en solitario como por sus colaboraciones con artistas del rock (Elton John, Frank Zappa) o del jazz-rock (Mahavishnu Orchestra, Return To Forever). En su prolífica carrera encontramos vibrantes instrumentales como Trans-Love Express, el expreso del amor de un músico con querencia por el misticismo, los viajes imaginarios y los mensajeros cósmicos.  

Otra referencia europea obligada es la banda de Canterbury Soft Machine. En 1975 nos regalaba The Man Who Waved at Trains (El hombre que miraba pasar los trenes), cuyo título coincide con una novela de George Simenon. Se trata de una gema instrumental de casi dos minutos representativa de un grupo con mayor influencia que repercusión comercial.

Si Soft Machine toma su nombre del título de una conocidísima novela de William Burroughs, el cuarteto neoyorkino Manhattan Transfer hace lo propio con otra no menos conocida novela de John dos Passos. Como dice una de sus integrantes, el cuarteto hace todo tipo de música, pero prefiere poner voz a los grandes instrumentales de jazz. Ejemplo de lo cual es Tuxedo Junction, una de sus canciones más representativas, que comienza con la imitación vocal del sonido del tren, y cuyo punto de partida es el intercambiador de Tuxedo, en Birmingham, Alabama. Cerca de dicho intercambiador, que era un centro neurálgico para divertirse y bailar, había una tienda de alquiler de esmóquines (tuxedo, en inglés americano).

Seguramente el músico que mejor ha fusionado el jazz con cualquier otro estilo es el virtuoso guitarrista norteamericano Pat Metheny, lo cual queda patente por enésima vez en su disco “Still Life (Talking)”, que incluye la electrizante mezcla de jazz y ritmos brasileños que es Last Train Home (Último tren a casa), algo seguramente anhelado por un profesional que llega a dar hasta 240 conciertos al año.

Los especialistas suelen señalar “Bitches Brew”, el disco publicado por Miles Davis en 1970, como la puesta de largo del jazz-rock, un estilo muy contestado por los puristas, pero que ha logrado incorporar al jazz a personas más proclives a estilos menos exigentes como el pop o el rock, en el que el ferrocarril está presente en algunas de sus composiciones más bellas.

The Ghost and the Darkness (Los demonios de la noche)

Imagen: filmaffinity.com

El “Lunatic Express” ha pasado a la historia como el ferrocarril más audaz del mundo. Bautizado así por los británicos, porque los 930 kilómetros que unen los puertos de Mombasa, en el océano Índico, y Port Florence, en el lago Victoria, costaron el doble de lo presupuestado e inicialmente su rentabilidad generó muchas dudas. Se concibió por la necesidad del Imperio Británico de controlar el África Oriental, singularmente Egipto, las fuentes del Nilo y el Canal de Suez, así como de abrir nuevas rutas comerciales y acabar con la esclavitud. Contó con la participación de 32.000 indios, de los cuales 2.600 murieron y 6.000 quedaron incapacitados. Y derramó mucha sangre, porque las escaramuzas de los nativos fueron brutalmente reprimidas y dos leones machos, Ghost (Fantasma) y Darkness (Oscuridad), devoraron, desde marzo a diciembre de 1899, entre treinta y cinco personas, según estudios recientes, y más de un centenar, tal como afirma Charles Miller en su libro El tren lunático.

Avalado por su experiencia en la India, el teniente coronel británico John Henry Patterson fue contratado en 1898 por el Ferrocarril de Uganda para construir un puente sobre el río Tsavo (masacre) en el plazo de cinco meses. Sin embargo, no pudo cumplir el plazo, porque a las dificultades del terreno, conflictos con etnias locales, especialmente con los masai, falta de mano de obra o enfermedades, como la disentería o la malaria, hubo de añadir que una noche, nada más llegar, dos culíes (trabajadores indios), fueron arrastrados de sus tiendas y devorados. Serían los primeros de una larga serie que provocó un miedo generalizado, hasta el extremo de que se produjo un motín y los trabajadores abandonaron las obras durante tres semanas.

Aunque los nativos y culíes vieron en los dos leones la encarnación del espíritu del mal y el rechazo de la naturaleza al hombre blanco que alteraba la geografía africana, porque no temían a las armas, el fuego, las bomas (cercados de espinos) o las trampas, la realidad resultó más prosaica. Investigaciones recientes han demostrado que los ataques fueron debidos a un cúmulo de circunstancias que van desde una enfermedad en los dientes que les impedía cazar presas más duras, hasta una sequía que duraba dos años, lo que unido a una peste bovina había devastado la fauna local. Inicialmente, los leones encontraron una alternativa en las personas muertas no enterradas, como los propios trabajadores o esclavos, dado que parte del trazado del ferrocarril coincidía con las rutas que los árabes utilizaban para trasladarlos a Zanzíbar.

Los leones de Tsavo han inspirado al menos cuatro películas: Men against the Sun, Bwana Devil (Bwana, el diablo de la selva), Killers of Kilimanjaro (Los asesinos del Kilimanjaro), y, la más conocida, The Ghost and the Darkness (Los demonios de la noche), film con Val Kilmer en el papel del teniente coronel Patterson y Michael Douglas en el de Charles Remington, cazador ficticio que tiene por apellido el nombre de una marca de rifles usual en los safaris de la época. Arropados por un conocido elenco de actores y un guión muy fiel a la realidad del autor de “Dos hombres y un destino”, funcionó razonablemente bien en taquilla, aunque no gozó del beneplácito de la crítica.

Como “Moby Dick” o Tiburón”, “Los demonios de la noche” es de nuevo la representación de la lucha épica del hombre contra la bestia. En esta ocasión, la originalidad radica en que, frente a una bestia real -los leones pueden verse en la actualidad disecados en el Museo Field de Historia Natural de Chicago-, el teniente coronel Patterson trataba de proteger a sus trabajadores y llevar el Lunatic Express, es decir, la civilización y el orden, a un mundo casi sin cartografiar.

 FICHA TÉCNICA:

  • Título: The Ghost and the Darkness (Los demonios de la noche)
  • Director: Stephen Hopkins
  • Guión: William Goldman
  • Música: Jerry Goldsmith
  • Fotografía: Vilmos Zsigmond
  • Reparto: Michael Douglas, Val Kilmer, Tom Wilkinson, Emily Mortimer, Om Puri, Bernard Hill, John Kani, Brian McCardie, Henry Cele, Nick Lorentz
  • País: Estados Unidos   
  • Año: 1996
  • Duración: 110  minutos  
  • Género: Aventuras

Los túneles del paraíso

Imagen: Amazon.es

Entre 1883 y 1887, miles de carrilanos provistos de picos, palas, barrenos y más  voluntad que conocimiento, construyeron los 29 túneles y 9 puentes repartidos a lo largo de los 19 kilómetros de la vía férrea que separan La Fregeneda (Salamanca) y Barca de Alba (Portugal),  uno de los más impresionantes ejemplos de ingeniería ferroviaria a escala mundial.

Pero ¿quiénes eran los carrilanos que protagonizan la novela histórica de Luciano G. Egido “Los túneles del paraíso”? Si nos remitimos al Diccionario de la Real Academia Española encontramos dos acepciones, la primera nos dice que en España son las personas que viven en la calle por carecer de hogar y de medios para mantenerse; y que en Bolivia, Chile y Perú son los operarios del ferrocarril. Dos definiciones complementarias que Egido redondea al describirlos como seres endurecidos por la experiencia, que huían de la miseria, se escondían de algún crimen o que simplemente querían salir del pozo, empezar de nuevo o comer caliente todos los días. Hombres sometidos a tal esfuerzo que superados los treinta y cinco años estaban viejos, arrugados, desnutridos, feos y ligeramente encorvados. Personas de fortuna esquiva, cuya evasión eran las peleas, el alcohol y la prostitución.

Mención especial merece la recreación que Egido hace de las circunstancias inhumanas en las que trabajaban en un clima continental de temperaturas extremas, las cuales estaban basadas en la brutalidad, el desprecio por la vida y la injusticia, por lo que las bajas por accidentes laborales eran constantes. También la descripción de las insalubres condiciones en las que vivían, que, a modo de ejemplo, originaron una epidemia de cólera. Unas y otras, unidas a las reyertas y catástrofes naturales, como un desbordamiento del río Águeda que provocó más de 30 muertos, dieron lugar a constantes incumplimientos de los planes de trabajo, con sus consecuentes retrasos y rectificaciones.

En dicha tesitura no es sorprendente que afloraran conflictos políticos, consecuencia de los brotes revolucionarios; de seguridad y orden público, debidos a las peleas y asesinatos; y sociales, por la gestión epidemiológica o resultado de los enfrentamientos entre carrilanos y lugareños.

Novela coral, muy bien documentada, de gran riqueza expresiva, que mezcla diferentes técnicas narrativas para reflexionar sobre la vida en condiciones extremas. Una metáfora de la condición humana de signo fatalista, que se vale de la construcción de una infraestructura que aspiraba a ser una conexión directa y estable entre Salamanca y Oporto, así como originar un fuerte desarrollo económico a ambos lados de la raya húmeda que forman los ríos Duero y Águeda. Sin embargo, los hercúleos trabajos de los carrilanos no se vieron recompensados con el éxito comercial, porque la línea generó déficits continuos y fue cerrada al tráfico el 1 de enero de 1985, cuando un Real Decreto puso fin al servicio entre La Fregeneda y La Fuente de San Esteban.

DATOS BIBLIOGRÁFICOS:

La mirada ferroviaria de Claude Monet

Imagen: wikipedia.org Autorretrato con boina. 1886

El ferrocarril permitió a los pintores que se asentaban en las márgenes del río Sena acercarse hasta Normandía, salir de sus talleres y aproximarse a la naturaleza. Y es en Le Havre donde Claude Monet (París, 1840 – Giverny, 1926), pinta “Impresión, sol naciente” en 1872, el cuadro que dará nombre a una nueva corriente pictórica.

Entre 1850 y 1870, Francia vive una intensa etapa constructiva de grandes infraestructuras y los pintores impresionistas serán los primeros en fijar su vista en el ferrocarril como elemento artístico y también como una forma de mostrar la modernidad. Monet no será una excepción, porque encontrará en el ferrocarril un motivo de inspiración recurrente. La primera vez que un tren protagoniza una de sus obras es “Tren en el campo”, en la que se constata su deseo de integrar el progreso en la naturaleza de forma armoniosa. A la luz del atardecer, varias personas pasean por una pradera, mientras al fondo una intensa humareda permite identificar la posición que ocupa la  locomotora de un convoy de viajeros parcialmente oculto detrás de una arboleda.

Imagen: wikiart.org. Tren en el campo. 1871

A medida que su pintura evoluciona, desaparecen los contornos y su interés por el realismo de los detalles es sustituido por la captura de las impresiones, algo apreciable en  “La estación de ferrocarril de Argenteuil”, que destaca por una  sorprendente tonalidad lila y anticipa lo que Edward Hopper hará unas décadas después al otro lado del Atlántico.

Imagen: wikiart.org. La estación de ferrocarril de Argenteuil. 1872

La tonalidad cambia sustancialmente en “Tren en la nieve”, cuadro en el que imperan los tonos grises de un cielo plomizo y los diferentes tonos blanquecinos de la nieve. Solo los faros de la locomotora aportan un toque de calor y color en una obra que capta perfectamente el ambiente de una mañana invernal.

Imagen. wikiart.org. Tren en la nieve. 1875

Uno de los rasgos característicos de Monet son las series, obras con el mismo motivo que le obligan a apresurarse para captar lo instantáneo y, en numerosas ocasiones, a terminar sus cuadros en el estudio, por lo que son una mezcla de observación directa y memoria visual, lo que da lugar a una nueva concepción de la realidad. Y si en un primer momento las representaciones a diferentes horas tienen como motivo la investigación sobre cómo cambian las cosas dependiendo de la luz y del momento, con el paso de los años se convertirán en una obsesión, reflejo de su dolor y soledad.

Entre las series destacan la catedral de Ruan, los nenúfares, los almiares o las obras que tienen por objeto la estación de Saint-Lazare y algunos puentes ferroviarios, singularmente uno sobre el Sena y el de Charing Cross. El puente metálico sobre el Sena a la altura de Argenteuil, soportado por unas sólidas pilastras  que, además de crear un ritmo, contraponen su  verticalidad a la horizontalidad del propio puente, será representado por Monet hasta en cuatro ocasiones.

Imagen: wikiart.org. El puente de ferrocarril cerca de Argenteuil. 1874

La más conocida de sus series ferroviarias es la de la Estación de Saint-Lazare, de la cual pinta doce lienzos. En 1887 su prestigio es tal que los responsables de la estación retrasan la salida de los trenes para que pueda captar mejor cómo la luz diurna y el humo se entremezclan, que él representa de un color azulado de gran belleza.

Imagen. wikipedia.org. Estación de Saint-Lazare. 1887

Persona de espíritu viajero, entre 1899 y 1904 vuelve a Londres. En su primera visita había conocido en profundidad la pintura de William Turner, que tanto influiría en su representación de la luz y el color, algo observable en los treinta y siete cuadros en los que plasmará el puente de Charing Cross, con el palacio de Westminster y el Big Ben de fondo. La luz solar se amalgama con la bruma, creando unas bellas tonalidades cromáticas, las cuales pueden verse en el Támesis, que se convierte en un espejo del cielo.

Imagen. wikiart.org. El puente de Charing Cross. 1902

Claude Monet ha pasado a la historia como el impresionista por excelencia, punto de partida del abstraccionismo y fervoroso admirador del ferrocarril, sobre el cual pintó numerosos cuadros. Murió rico y famoso, pero conoció el hambre, la pobreza extrema y un intento de suicidio. Y tras la muerte de su segunda esposa en 1911, sufrió un intenso dolor emocional.

Heavy metal ferroviario, sonidos extremos (II/II)

Imagen: Amazon.es

De la misma forma que del heavy metal tradicional surgió la Nueva Ola del Heavy Metal Británico en la década de los 70 del siglo pasado, ésta fue el detonante del trash metal en la década de los 80. Y si los dos primeros nacieron en Gran Bretaña, el tercero vio la luz en el área de la Bahía de San Francisco. Es como si al heavy metal le hubieran aplicado los tres principios de los Juegos Olímpicos: más rápido, más alto, más fuerte, porque se trata de un estilo más veloz, más agresivo y más pesado, con guitarras distorsionadas, querencia por las voces guturales y frecuentes cambios de ritmo. Su popularidad vino de la mano de los Big Four, es decir, Anthrax, Megadeth, Metallica y Slayer

Dentro de los Cuatro Grandes, Metallica es la banda de mayor influencia y éxito, tanto de público como de crítica. Ha llegado a grabar con la Sinfónica de San Francisco, tal como se puede apreciar en No Leaf Clover (Trébol sin hojas). Un tema sobre un cambio inesperado de la suerte, porque la luz que se divisa al final del túnel no es la solución, sino un tren de mercancías que viene cargado de problemas.

De la expulsión del guitarrista original de Metallica, Dave Mustaine, nace Megadeth, otro exitoso cuarteto del Bay Area trash metal, que en Train of Consequences nos alertan sobre las apuestas y su pernicioso efecto para el ser humano, de ahí que su protagonista afirme que debido a su adicción al juego, su estilo de vida y su mente han descarrilado, y no hay vuelta atrás.

Pero no todo el heavy metal es agresivo y de difícil asimilación. El glam metal o hair metal -la versión más comercial del heavy metal, nacida en Los Ángeles-, demostró que con una muy cuidada imagen, unos vídeos diseñados para ser emitidos por la poderosa MTV y unas baladas rock a medida de las FM, se podía llegar al gran público.  

Paradigma de banda de glam metal es Guns & Roses, el mejor debut de la historia gracias a su disco “Appetite for Destruction”, que incluye Nightrain, una composición acerca de los efectos de un vino económico muy consumido por la banda en sus inicios, el Night Train Express, especialmente cuando se va tan “cargado” como un tren de mercancías. Dados los problemas legales que surgieron con el título, lo acortaron y de ahí que pasara de “Night Train” a “Nightrain”.

Al igual que Guns & Roses, Cinderella fue especialmente grande en la década de los 80 y los 90. Sin embargo, la aparición del grunge con grupos como Nirvana, más preocupados por el descontento social y la sencillez estética, supuso un punto de inflexión en su carrera del cual no se recuperaron. Bautizaron uno de sus mejores discos como Heartbreak Station, que es tambiėn el título de una balada rock incluida en el mismo. La canción relata la historia de un corazón roto que, mientras espera en la estación con los ojos llenos de lágrimas, evoca un amor que se fue como un tren.

El heavy metal y sus diversos subgéneros han llevado el rock a cuotas extremas de velocidad, agresividad y pesadez anímica, de ahí que no resulte extraño que algunos artistas hayan declarado su pasión por las locomotoras o se hayan identificado con ellas y que el trash metal haya sido definido como si un tren bala arrollase a una persona.

Heavy metal ferroviario, sonidos extremos (I/II)

Imagen: Amazon.es

Indagar en la etimología de la expresión heavy metal nos lleva a dos novelas escritas por William Burroughs a principios de los años 60 del siglo pasado, que responden a los títulos “The Soft Machine” -porque uno de sus personajes tiene por  nombre de Uranian Willy: The Heavy Metal Kid-, y “Nova Express” -por el tipo de música que escucha la gente insecto-. Pero si queremos indagar sobre su vinculación con el  ferrocarril, tenemos que dirigirnos a Gran Bretaña, porque es allí donde nace como estilo musical a finales de la misma década, como un paso más en la evolución del hard rock.

El heavy metal rechaza lo convencional. Sus letras suelen ser muy viriles, de hecho son contadas las artistas femeninas, y con numerosas referencias al oscurantismo. El sonido se caracteriza por su volumen brutal, guitarras distorsionadas, bajos galopantes y baterías demoledoras. Y como se trata de un estilo tan físico como sonoro, son prácticas habituales el moshing (bailar saltando y empujándose), el stage diving (lanzarse sobre el público desde el escenario), y el headbanging (mover la cabeza rítmicamente luciendo la melena).

Si tomamos como referencia “La historia del Heavy Metal” de Andrew O’Neill, el estilo nace de la mano de dos bandas naturales de Birmingham, Judas Priest y Black Sabbath.  Judas Priest, que toma su nombre de una canción de Bob Dylan (The Ballad of Frankie Lee and Judas Priest), ha dejado siempre claras algunas de sus pasiones en las portadas de sus discos, como la pesadez del “British Steel”, el oscurantismo o la velocidad. Con estos antecedentes es fácil entender por qué su discografía incluye un tema que responde al título de Bullet Train, el tren bala japonés o Shinkansen que perfora el cerebro del protagonista en un momento crítico, hasta el extremo de implorar a las puertas de la muerte.

Sentadas las bases del heavy metal, comenzaron las desavenencias internas en Black Sabbath, hasta el extremo de que su carismático líder, Ozzy Osbourne, decide  abandonar la banda en 1979 para continuar su carrera en solitario. Su debut es el mítico “Blizzard of Ozz”, disco que contiene Crazy Train, una llamada de atención para que los herederos de la Guerra Fría dejemos de vivir como enemigos y no nos comportemos como trenes descontrolados, porque la consecuencia será la destrucción.

A finales de los años 70, el sonido del heavy metal tradicional, unido a la agresividad punk y al rock que se toca en los pubs, da lugar a la Nueva Ola del Heavy Metal Británico. Su reinado alcanzará hasta mediados de los 80, momento en el que será eclipsado por el trash metal y el glam metal. 

Son muchas las bandas que integran la Nueva Ola del Heavy Metal Británico, pero por su influencia es obligado comenzar con Motörhead. La pasión de Motörhead por el ferrocarril queda patente en Locomotive, canción que se puede entender como una declaración de principios, Motörhead es una locomotora, poder y gloria quemando las vías, y aplastará cualquier cosa en su camino. Pero tal vez sea Ridin’ with the Driver su composición señera ferroviaria, que incluso iba a ser el título de su disco “Orgasmatron”. En la portada puede verse un tren de una fiereza extrema cuyas ruedas y faros echan chispas, fiel reflejo del viaje enloquecido del que nos habla una canción que incluso menciona a Casey Jones, the Brave Engineer.

Banda coetánea de Motörhead es Saxon, que en “Denim and Leather”, uno de sus discos más representativos y a la vez definitorios de la estética heavy, incluye toda una declaración de amor a una locomotora. Dicha canción es Princess of the Night, sobre la locomotora de vapor LMS Princess Royal Class, que prestó servicio en diferentes operadores británicos hasta 1962.

Antes de analizar el trash metal y el glam metal del otro lado del Atlántico, es de justicia finalizar el recorrido por la Nueva Ola del Heavy Metal Británico con una de las bandas más exitosas, Def Leppard. Su disco “Slang” contiene el corte “Gift of Flesh”, inicialmente titulado Black Train, que  los propios miembros de la banda definen como una versión actualizada de la canción los Rolling Stones “Sympathy for the Devil”, en la que un hombre que se quita la vida.

La mirada ferroviaria de Vincent Van Gogh

Imagen: WikiArt.org. Autorretrato con sombrero de fieltro gris. 1887

Considerado uno de los artistas más influyentes del arte contemporáneo, el atormentado e hipersensible Vincent Willen Van Gogh (Holanda, 1853 – Francia, 1890), es también uno de los más admirados por el gran público. Su pintura, emocionalmente expresiva, en la que se intuye su necesidad perentoria de pintar, tuvo en las  infraestructuras ferroviarias y en los humeantes trenes de vapor en movimiento, símbolo de progreso y fugacidad del tiempo, un motivo recurrente.

Su obra estuvo muy marcada por los lugares en los que vivió. Después de trabajar como comerciante de arte, estudiar teología, ser misionero en una mina belga y haber estudiado en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, en 1881 se instala en La Haya, donde dibuja con tinta y lápiz una pormenorizada vista de su estación en un día invernal.

Imagen: WikiArt.org. Estación de La Haya. 1882

Entre 1883 y 1885 reside en Neuen (Holanda) y Amberes (Bélgica). Alentado por su hermano Theo, marchante de arte y gran apoyo a lo largo de toda su vida, comienza su carrera artística, para la cual toma como referencia a sus predecesores holandeses. La paleta es apagada y poco variada, tal como se puede apreciar en “La vieja estación de Eindhoven”, un cuadro en el cual importa más la impresión del invierno que los detalles y en la que se adivina una pasión que le acompañará toda vida, pintar al aire libre.

Imagen: WikiArt.org. La vieja estación de Eindhoven. 1885

Desde 1886 a 1888 se instala en París y entra en contacto con los impresionistas. No comparte todos sus postulados, pero su pincelada se vuelve más corta y su paleta más luminosa. Un buen ejemplo de esta etapa es “Puentes sobre el Sena en Asnières” una obra bañada por la bella luz de un atardecer estival coronada por un tren de vapor.

Imagen: WikiArt.org. Puentes sobre el Sena en Asnières. 1887

Atraído por la cálida luz meridional y el color del Mediterráneo, en 1888 deja París y se va a vivir a la Provenza. Es su etapa postimpresionista, las más prolífica y conocida de su carrera. Representa la vida cotidiana con colores mucho más intensos que la realidad, como en “Viaducto de Arlés”, en el cual, en otro atardecer soleado, vemos unos plátanos de sombra en primer plano y un tren al fondo.

Imagen: WikiArt.org. Viaducto de Arlés. 1888

Deslumbrado por la luz de la Provenza y aplicando los conocimientos que los impresionistas le habían enseñado sobre los colores básicos y sus complementarios, pinta obras como “Vagones de ferrocarril”, donde su temperamento exaltado queda reflejado en los colores utilizados, especialmente visible en el verde esmeralda del cielo y el tono rojizo de los vagones.

Imagen: WikiArt.org. Vagones de ferrocarril. 1888

Los puentes, una construcción  arquitectónica presente en numerosas de sus obras, siguieron reclamando su atención en la Provenza, como puede verse en “Puente de ferrocarril sobre la Avenida Montmajour”, un cuadro de luz otoñal en el que destaca su gran profundidad gracias a sus marcadas diagonales, que obligan a mirar en diferentes direcciones.

Imagen: WikiArt.org. Puente de ferrocarril sobre la Avenida Montmajour. 1888

Su frenética actividad le provocará tal fatiga mental que, unida a la sífilis y al consumo de absenta, le harán ingresar voluntariamente en un manicomio durante casi un año. A su salida y de acuerdo con su hermano Theo, se establece en Auvers-sur-Oise, al norte de París. De esta última etapa procede “Paisaje con carro y tren”, que representa una vuelta a la luz septentrional. En una perspectiva panorámica con disposición en horizontal, vemos los cultivos en vertical, lo cual proporciona sensación de gran profundidad, con la carreta y el tren como puntos de referencia. A los colores fríos como los verdes, azules y grises, contrapone el color rojo de las casas y la carreta. 

Imagen: WikiArt. Paisaje con carro y tren. 1890

Van Gogh –Loving Vincent para alguno de sus allegados y El Loco del pelo rojo para sus vecinos de la Provenza-, fue un pintor en constante evolución, que interiorizó las enseñanzas de sus predecesores holandeses y las de los impresionistas franceses. Ha pasado a la historia como el postimpresionista de referencia y precursor del expresionismo y del fauvismo. Se suicidó a los 37 años tras legarnos 900 cuadros y 1.600 dibujos. Y aunque a la hora de pensar en su obra, seguramente lo primero que se nos viene a la cabeza son girasoles, noches estrelladas y campos de trigo, el ferrocarril fue una constante en todas sus etapas.