La mirada ferroviaria de Paul Delvaux

Soledad. 1956. WikiArt.org

Cuando era un niño, el pintor belga Paul Delvaux (Antheit, 1897 – Veurne, 1994), vio los primeros tranvías eléctricos en Bruselas y le parecieron tan maravillosos que desde entonces el ferrocarril, conjuntamente con las mujeres, la arquitectura greco-romana y los esqueletos, fueron un motivo recurrente a lo largo de su obra, en la cual desarrolló un universo propio, entre el sueño y la realidad, calificado como realismo mágico.

Tranvía nocturno (or Champs Perdu). 1950. ar.Pinterest.com

Considerado un artista surrealista, aunque nunca lo fue de manera oficial, compartió con dicho movimiento su interés por los viajes al fondo de la mente, las atmósferas misteriosas y el resurgimiento de la idea poética en el arte. Sin embargo, sus inicios fueron impresionistas. El cuadro La estación de Luxemburgo, en tonos marrones, grises y oxidados, con toques blancos, en el que vemos la actividad de la terminal, es un ejemplo representativo de dicha época.

Estación de Luxemburgo. 1922. WahooArt.com

Hacia 1935 su obra experimentará un cambio radical. Alrededor de 1926-1927 conoce al pintor metafísico Giorgio de Chirico, con quien compartirá su interés por los espacios vacíos, intrigantes y angustiosos; a principios de los años 30 visita el Museo Spitzner de Anatomía e Higiene, donde ve “La venus dormida”, una figura de cera que será el origen de muchas mujeres desnudas que aparecen en sus cuadros; y en 1934 participa en la exposición Minotauro de Bruselas, entre otros, con René Magritte, de quien tomará su mundo onírico, la inexpresividad y las yuxtaposiciones más sorprendentes.

Si “La venus dormida” fue determinante en la representación de la mujer, su relación con ellas no lo fue menos. Obligado a casarse en 1937 con Suzanne Purnal, una mujer a la que no amaba, el matrimonio fue un fracaso anunciado. En 1947 se reencontró con el amor de su vida, Anne Marie Martelaere, a la que había conocido en 1920. No obstante, la frustración amorosa de su juventud fue una inspiración constante que le llevó a colocar a las mujeres en un pedestal. Sus mujeres son jóvenes, hieráticas, ensimismadas, ubicadas en ambientes sin vinculación aparente con la escena, como en La edad de hierro.  

La edad de hierro. 1951. elasombrario.com

El mundo onírico y el natural se mezclan de nuevo en Las sombras y dan lugar a algo en lo que parece que no existe el tiempo y la realidad. Todo es quietud y silencio: una mujer absorta en su pensamiento mira fijamente el suelo; un tren está detenido en una vía que comienza su recorrido en el mar. La escena transcurre en los inicios de la hora azul, en la cual el color del cielo se oscurece antes de anochecer.

Las sombras. 1965. WikiArt.org

Lector empedernido de Homero y Julio Verne, escritores “viajeros” por antonomasia, utiliza las estaciones y los trenes como elementos que despiertan la imaginación y sugieren un viaje a lo desconocido. Para garantizar la fidelidad de sus representaciones, algo apreciable en La Estación Forestière, en su estudio tenía maquetas de trenes y tranvías. Dicho óleo es uno de los más famosos de los años 60, ejemplo de sus  atmósferas misteriosas, en la que dos niñas completamente estáticas y en actitud contemplativa observan la actividad ferroviaria.

Estación Forestière. 1960. WikiArt.org

El mismo clima, la misma atmósfera se respira en El viaducto. Todo está paralizado, no hay señales de vida, las calles están vacías y, como en muchos otros cuadros, hay una lámpara encendida, en esta ocasión bajo la marquesina, así como un sorprendente espejo en la acera. Al fondo un tren cruza un viaducto. Un cuadro que semeja una escena teatral, en el que todo es real, pero el conjunto no lo parece.

El viaducto. 1963. museothyssen.org

Paul Delvaux, cuya obra hunde sus raíces en la memoria, el recuerdo y la infancia, vio recompensado su amor por el ferrocarril con su nombramiento como  jefe de estación de honor de la estación de Louvain-La-Neuve en 1984.

Imagen: ardenneweb.eu

La mirada ferroviaria de Hans Baluschek

Autorretrato. 1918. Wikipedia.org

Hans Baluschek (Breslau, 1870 – Berlín, 1935), fue miembro fundador del movimiento Secesión de Berlín -considerado parte del Modernismo-, relevante pintor del realismo crítico alemán y militante del Partido Socialdemócrata. Con un lenguaje sencillo, que en ocasiones puede parecer ingenuo, dedicó gran atención a los asuntos sociales y laborales de la clase obrera berlinesa, los cuales presentaba desde una perspectiva de denuncia y con un aire de melancolía. Hijo de ferroviario, desde su infancia sintió gran fascinación por el ferrocarril, el cual sería un motivo recurrente a lo largo de toda su carrera desde una triple perspectiva: como medio de transporte público, como dinamizador de la actividad industrial y como transporte estratégico durante la I Guerra Mundial.     

Tren expreso. 1909. Wikipedia.org

En sus obras se palpa la humildad, la pobreza y el contraste entre una sociedad anclada en el pasado deslumbrante del Imperio alemán y el vertiginoso desarrollo consecuencia de la acelerada industrialización del país. Dicha industrialización provocó que muchas personas trabajaran en penosas condiciones y deviniesen en víctimas inocentes, algo apreciable en el cuadro Los emigrantes, en el cual una familia, en la que solo se atisba preocupación por un futuro que se intuye difícil, espera en el andén de una localidad donde diferentes fábricas producen a todo ritmo. 

Los emigrantes. 1924. Arthur.io

Su interés por retratar la vida común sin artificios es igualmente tangible en A la mina. En primer plano, vemos un tren, elemento clave para la producción industrial, y, un poco más alejado, un numeroso grupo de personas que se dirige casi de noche al trabajo en un entorno helado, al objeto de extraer un mineral que luego alimentará unas fábricas cuyas chimeneas son indicadoras de su frenética actividad.

A la mina. 1914. Espina-roja.blogspot.com

Si las condiciones de trabajo de las personas menos cualificadas distaban mucho de ser idílicas, las sociales de los lugares donde vivían tampoco lo eran. De ello nos ofreció abundantes ejemplos, siendo Über Dächern una de las obras más conocidas. Observamos cómo las vías férreas, además de dividir bloques de apartamentos en las afueras de Berlín, se ubican por encima de ellos, con todos los problemas de ruidos, vibraciones y seguridad fácilmente imaginables.

Úber Dächern. 1934. Karlundfaber.de

Además de ser un elemento básico para la industria, el ferrocarril también lo era como medio de transporte de la ciudadanía en general y de la clase trabajadora en particular, como da fe el cuadro En la estación. En un abarrotado andén, percibimos un tren de llegada y otro de salida, así como una muy detallada representación de la marquesina y varios apuntes de la señalética de la terminal, lo cual proporciona gran verismo a la obra.

En la estación.1929 commons.wikimedia.org

Para un artista con tanta sensibilidad social, la Primera Guerra Mundial no podía pasar desapercibida. Contó inicialmente con su fervor patriótico, de hecho se ofreció voluntario con 40 años, pero su desenlace le afectó mucho, lo que le llevó a distanciarse del régimen político que imperó en Alemania entre 1918 y 1933, es decir, la República de Weimar. Del periodo de la contienda nos legó numerosos cuadros del campo de batalla y de entornos civiles, un ejemplo de estos últimos es Invierno de guerra.

Invierno de guerra. 1917. Wikipedia.org

Aunque sus ilustraciones para el popular libro infantil “Viaje a la luna de Pedro” (Peterchens Mondfahrt), hicieron de Baluschek un pintor muy conocido, con la llegada de los nazis al poder en 1933 fue declarado “artista marxista” y su obra “arte degenerado”, por lo que fue despojado de todos sus cargos y despedido de todos sus puestos, además de prohibírsele exponer. Falleció dos años después y hasta el último momento siguió demostrado su interés por el ferrocarril y la clase trabajadora berlinesa, tal como advertimos en Acerías de Berlín, pintado el año de su muerte.

Acerías de Berlín. 1935. Arteyferrocarril.blogspot.com

La mirada ferroviaria de Giorgio de Chirico

Autorretrato. 1911. WikiArt.org

Giorgio de Chirico figura en los anales de la historia del arte como el creador de la pintura metafísica, un estilo que cultiva entre 1909 y 1919, y que se caracteriza por tratar de ir más allá del mundo físico y mostrar la realidad subjetiva del artista tal como la imagina, interpreta o descubre en su inconsciente. Una pintura que parece estar representando sueños, en la que los elementos simbólicos son elegidos concienzudamente y que ejercerá gran influencia sobre los surrealistas.

Aunque de nacionalidad italiana, nace en Grecia en 1888. Hijo de un ingeniero ferroviario que participó en la construcción del trazado entre Atenas y Tesalónica, los trenes serán un elemento habitual en sus cuadros, lo cual puede ser considerado tanto un homenaje a su progenitor como un guiño al futurismo. A los 18 se traslada con su familia a Alemania. En Múnich, ingresa en la Academia de Bellas Artes y se empapa de la obra de los pintores simbolistas Max Klinger y Arnold Böcklin, así como de los filósofos Nietzsche y Schopenhauer. Estos hechos tendrán un claro reflejo en su obra, tal como se puede apreciar en La conquista del filósofo, cuadro en el que, en una plaza desierta, vemos una yuxtaposición de objetos: un cañón, un reloj, la chimenea de una fábrica, una torre monumental, un tren de vapor, las sombras de dos personas que están fuera del cuadro y unos elementos extraños que transmiten la sensación de estar viendo algo absurdo, como son las dos alcachofas situadas en primer plano. La luz es suave, propia del atardecer. Un enrevesado rompecabezas, que transmite vacío, soledad y melancolía.

La conquista del filósofo. 1914. WikiArt.org

En el otoño de 1909 llega a Turín y ve sus grandes plazas con arcos que proyectan sombras en sus pasillos interiores y sus estatuas y fuentes que, con la luz de la tarde, generan sombras muy largas sobre el pavimento. Dicha visión le inspirará paisajes urbanos que pintará en repetidas ocasiones, como Plaza de Italia, donde las altas arcadas generan sensación de vacío. En el horizonte apreciamos una torre con dos templos clásicos superpuestos y sus banderas desplegadas por un viento que no sopla, así como un tren en la lejanía. En la mitad del cuadro, dos hombres, cuales maniquíes, se saludan detrás de una estatua de una mujer acostada. En primer plano, observamos un misterioso cubo. La luz amarillenta genera largas sombras. Es difícil descifrar el mensaje, porque aunque todos los objetos son reconocibles, parece que estamos ante una pesadilla silenciosa.

Plaza de Italia. 1913. WikiArt.org

Tras Turín se va a París, donde se relaciona con los grupos vanguardistas, pero sin integrarse en ellos, algo apreciable en Gare de Montparnasse (La melancolía de la partida), una pintura figurativa que no representa un lugar real. Se trata de un espacio abierto, vacío, con presencia humana testimonial, sombras alargadas y colores sencillos, todo lo cual transmite una sensación enigmática e inquietante. En el ángulo inferior derecho unos plátanos, que se prestan a múltiples interpretaciones, dan a la obra un toque surrealista.

Gare de Montparnasse (La melancolía de la partida). 1914. WikiArt.org

En 1914, diez años antes de la aparición del surrealismo, pinta La canción de amor, una obra onírica en la que se mezclan objetos modernos y antiguos. En ella contemplamos la cabeza del Apolo de Beldevere, un guante rojo, una bola verde y una locomotora al fondo; un cuadro que de nuevo rezuma melancolía y pretende ir más allá del mundo físico. Está considerado el precedente del surrealismo, estilo que en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado tratará de plasmar los sueños e imágenes del subconsciente a través del automatismo psíquico.

La canción de amor. 1914. Wikipedia.org

Un año después es llamado a filas para combatir en la I Guerra Mundial, de donde regresa herido en 1917. Progresivamente abandona su nihilista y enigmática etapa metafísica de arquitecturas vacías, paisajes sombríos, naturalezas muertas, soledad, silencio y tristeza, para centrarse en un arte más académico y neoclasicista. Aunque los surrealistas no le perdonarán su deserción, el “Pictor Optimus”, tal como figura en su tumba, muere en 1978 admirado y respetado. Su influencia es claramente observable en Salvador Dalí, Edward Hopper o René Magritte, que se adhirió al movimiento surrealista tras contemplar “La canción de amor”.

La mirada ferroviaria de Claude Monet

Imagen: wikipedia.org Autorretrato con boina. 1886

El ferrocarril permitió a los pintores que se asentaban en las márgenes del río Sena acercarse hasta Normandía, salir de sus talleres y aproximarse a la naturaleza. Y es en Le Havre donde Claude Monet (París, 1840 – Giverny, 1926), pinta “Impresión, sol naciente” en 1872, el cuadro que dará nombre a una nueva corriente pictórica.

Entre 1850 y 1870, Francia vive una intensa etapa constructiva de grandes infraestructuras y los pintores impresionistas serán los primeros en fijar su vista en el ferrocarril como elemento artístico y también como una forma de mostrar la modernidad. Monet no será una excepción, porque encontrará en el ferrocarril un motivo de inspiración recurrente. La primera vez que un tren protagoniza una de sus obras es “Tren en el campo”, en la que se constata su deseo de integrar el progreso en la naturaleza de forma armoniosa. A la luz del atardecer, varias personas pasean por una pradera, mientras al fondo una intensa humareda permite identificar la posición que ocupa la  locomotora de un convoy de viajeros parcialmente oculto detrás de una arboleda.

Imagen: wikiart.org. Tren en el campo. 1871

A medida que su pintura evoluciona, desaparecen los contornos y su interés por el realismo de los detalles es sustituido por la captura de las impresiones, algo apreciable en  “La estación de ferrocarril de Argenteuil”, que destaca por una  sorprendente tonalidad lila y anticipa lo que Edward Hopper hará unas décadas después al otro lado del Atlántico.

Imagen: wikiart.org. La estación de ferrocarril de Argenteuil. 1872

La tonalidad cambia sustancialmente en “Tren en la nieve”, cuadro en el que imperan los tonos grises de un cielo plomizo y los diferentes tonos blanquecinos de la nieve. Solo los faros de la locomotora aportan un toque de calor y color en una obra que capta perfectamente el ambiente de una mañana invernal.

Imagen. wikiart.org. Tren en la nieve. 1875

Uno de los rasgos característicos de Monet son las series, obras con el mismo motivo que le obligan a apresurarse para captar lo instantáneo y, en numerosas ocasiones, a terminar sus cuadros en el estudio, por lo que son una mezcla de observación directa y memoria visual, lo que da lugar a una nueva concepción de la realidad. Y si en un primer momento las representaciones a diferentes horas tienen como motivo la investigación sobre cómo cambian las cosas dependiendo de la luz y del momento, con el paso de los años se convertirán en una obsesión, reflejo de su dolor y soledad.

Entre las series destacan la catedral de Ruan, los nenúfares, los almiares o las obras que tienen por objeto la estación de Saint-Lazare y algunos puentes ferroviarios, singularmente uno sobre el Sena y el de Charing Cross. El puente metálico sobre el Sena a la altura de Argenteuil, soportado por unas sólidas pilastras  que, además de crear un ritmo, contraponen su  verticalidad a la horizontalidad del propio puente, será representado por Monet hasta en cuatro ocasiones.

Imagen: wikiart.org. El puente de ferrocarril cerca de Argenteuil. 1874

La más conocida de sus series ferroviarias es la de la Estación de Saint-Lazare, de la cual pinta doce lienzos. En 1887 su prestigio es tal que los responsables de la estación retrasan la salida de los trenes para que pueda captar mejor cómo la luz diurna y el humo se entremezclan, que él representa de un color azulado de gran belleza.

Imagen. wikipedia.org. Estación de Saint-Lazare. 1887

Persona de espíritu viajero, entre 1899 y 1904 vuelve a Londres. En su primera visita había conocido en profundidad la pintura de William Turner, que tanto influiría en su representación de la luz y el color, algo observable en los treinta y siete cuadros en los que plasmará el puente de Charing Cross, con el palacio de Westminster y el Big Ben de fondo. La luz solar se amalgama con la bruma, creando unas bellas tonalidades cromáticas, las cuales pueden verse en el Támesis, que se convierte en un espejo del cielo.

Imagen. wikiart.org. El puente de Charing Cross. 1902

Claude Monet ha pasado a la historia como el impresionista por excelencia, punto de partida del abstraccionismo y fervoroso admirador del ferrocarril, sobre el cual pintó numerosos cuadros. Murió rico y famoso, pero conoció el hambre, la pobreza extrema y un intento de suicidio. Y tras la muerte de su segunda esposa en 1911, sufrió un intenso dolor emocional.

La mirada ferroviaria de Vincent Van Gogh

Imagen: WikiArt.org. Autorretrato con sombrero de fieltro gris. 1887

Considerado uno de los artistas más influyentes del arte contemporáneo, el atormentado e hipersensible Vincent Willen Van Gogh (Holanda, 1853 – Francia, 1890), es también uno de los más admirados por el gran público. Su pintura, emocionalmente expresiva, en la que se intuye su necesidad perentoria de pintar, tuvo en las  infraestructuras ferroviarias y en los humeantes trenes de vapor en movimiento, símbolo de progreso y fugacidad del tiempo, un motivo recurrente.

Su obra estuvo muy marcada por los lugares en los que vivió. Después de trabajar como comerciante de arte, estudiar teología, ser misionero en una mina belga y haber estudiado en la Academia de Bellas Artes de Bruselas, en 1881 se instala en La Haya, donde dibuja con tinta y lápiz una pormenorizada vista de su estación en un día invernal.

Imagen: WikiArt.org. Estación de La Haya. 1882

Entre 1883 y 1885 reside en Neuen (Holanda) y Amberes (Bélgica). Alentado por su hermano Theo, marchante de arte y gran apoyo a lo largo de toda su vida, comienza su carrera artística, para la cual toma como referencia a sus predecesores holandeses. La paleta es apagada y poco variada, tal como se puede apreciar en “La vieja estación de Eindhoven”, un cuadro en el cual importa más la impresión del invierno que los detalles y en la que se adivina una pasión que le acompañará toda vida, pintar al aire libre.

Imagen: WikiArt.org. La vieja estación de Eindhoven. 1885

Desde 1886 a 1888 se instala en París y entra en contacto con los impresionistas. No comparte todos sus postulados, pero su pincelada se vuelve más corta y su paleta más luminosa. Un buen ejemplo de esta etapa es “Puentes sobre el Sena en Asnières” una obra bañada por la bella luz de un atardecer estival coronada por un tren de vapor.

Imagen: WikiArt.org. Puentes sobre el Sena en Asnières. 1887

Atraído por la cálida luz meridional y el color del Mediterráneo, en 1888 deja París y se va a vivir a la Provenza. Es su etapa postimpresionista, las más prolífica y conocida de su carrera. Representa la vida cotidiana con colores mucho más intensos que la realidad, como en “Viaducto de Arlés”, en el cual, en otro atardecer soleado, vemos unos plátanos de sombra en primer plano y un tren al fondo.

Imagen: WikiArt.org. Viaducto de Arlés. 1888

Deslumbrado por la luz de la Provenza y aplicando los conocimientos que los impresionistas le habían enseñado sobre los colores básicos y sus complementarios, pinta obras como “Vagones de ferrocarril”, donde su temperamento exaltado queda reflejado en los colores utilizados, especialmente visible en el verde esmeralda del cielo y el tono rojizo de los vagones.

Imagen: WikiArt.org. Vagones de ferrocarril. 1888

Los puentes, una construcción  arquitectónica presente en numerosas de sus obras, siguieron reclamando su atención en la Provenza, como puede verse en “Puente de ferrocarril sobre la Avenida Montmajour”, un cuadro de luz otoñal en el que destaca su gran profundidad gracias a sus marcadas diagonales, que obligan a mirar en diferentes direcciones.

Imagen: WikiArt.org. Puente de ferrocarril sobre la Avenida Montmajour. 1888

Su frenética actividad le provocará tal fatiga mental que, unida a la sífilis y al consumo de absenta, le harán ingresar voluntariamente en un manicomio durante casi un año. A su salida y de acuerdo con su hermano Theo, se establece en Auvers-sur-Oise, al norte de París. De esta última etapa procede “Paisaje con carro y tren”, que representa una vuelta a la luz septentrional. En una perspectiva panorámica con disposición en horizontal, vemos los cultivos en vertical, lo cual proporciona sensación de gran profundidad, con la carreta y el tren como puntos de referencia. A los colores fríos como los verdes, azules y grises, contrapone el color rojo de las casas y la carreta. 

Imagen: WikiArt. Paisaje con carro y tren. 1890

Van Gogh –Loving Vincent para alguno de sus allegados y El Loco del pelo rojo para sus vecinos de la Provenza-, fue un pintor en constante evolución, que interiorizó las enseñanzas de sus predecesores holandeses y las de los impresionistas franceses. Ha pasado a la historia como el postimpresionista de referencia y precursor del expresionismo y del fauvismo. Se suicidó a los 37 años tras legarnos 900 cuadros y 1.600 dibujos. Y aunque a la hora de pensar en su obra, seguramente lo primero que se nos viene a la cabeza son girasoles, noches estrelladas y campos de trigo, el ferrocarril fue una constante en todas sus etapas. 

La mirada ferroviaria de Joaquín Sorolla

Imagen: Wikipedia.org. Autorretrato. 1909

Junto con Velázquez, Goya y Picasso, Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 1863 – Madrid, 1923), es el pintor español más  apreciado en el mundo y uno de los grandes artistas del siglo XX. Conocido especialmente por sus cuadros de la España luminosa y mediterránea, que transmiten la alegría de vivir, su mirada ferroviaria incorpora también la del realismo social, que tantas ampollas levantó en su momento por reflejar aspectos desagradables presentes en la  vida de las clases menos favorecidas.  

Sorolla no aborda el realismo desde un punto de vista edulcorado y costumbrista, sino con una perspectiva crítica y colores oscuros. Algo claramente apreciable en “Otra Margarita”, cuadro que  mereció la Medalla de Honor en la Exposición Universal de Chicago en 1883, y cuyo título alude al personaje de la novela “Fausto” de Goethe, que ahogaba a su hijo y era encarcelada por dicho motivo. En un vagón de tercera, que transmite la idea de celda, vemos a una joven, seguramente pobre, esposada y abatida, que es custodiada por una pareja de la Guardia Civil, porque está acusada de haber asfixiado a su bebé.

Imagen: Wikipedia.org. Otra Margarita. 1892

No menos dramática resulta “Trata de blancas”, porque en otro vagón de tercera una anciana de expresión dura y vestida de negro, que en realidad es una alcahueta, vigila cómo duermen, agotadas por su infortunio y ausencia de futuro, cuatro chicas vestidas como pobres campesinas, que son transportadas de un lupanar a otro, para que sigan siendo explotadas sexualmente.   

Imagen: Wikipedia.org. Trata de blancas. 1895

De tenor totalmente distinto es “Paisaje con figura”, un cuadro impresionista de colores suaves en el que vemos a un hombre caminar sobre un carril. Dado lo inusual del camino elegido, no parece ilógico pensar que se pueda tratar de un ferroviario que va verificando el estado de la vía. Como la obra fue pintada entre 1889 y 1890, la inclusión del ferrocarril puede ser entendida como una referencia a la modernización española, que llegaba incluso a los pueblos.

Imagen. WikiArt.org. Paisaje con figura. 1889-1890

Dos décadas después, en 1911, en el momento culminante de su carrera, Sorolla firma un encargo para la Hispanic Society of America, cuyo objeto es pintar catorce murales que titula “Visión de España”, por lo que tiene  que viajar por todo el país buscando escenas características, encargo que no puede terminar como consecuencia de la hemiplejía que sufre en 1920 y le deja inválido del lado izquierdo.

A dicho encargo pertenece “Andalucía. El encierro”, una obra donde se puede apreciar su particular estilo, el luminismo, es decir, la pasión por la luz, su poder y efectos cambiantes, lo que le obliga a una pincelada fluida para capturar el momento. El cuadro muestra a cinco mayorales, entre los que destacan la gallardía y temple de los dos primeros, que trasladan a unas reses bravas desde el cortijo que se ve al fondo hasta un pueblo en fiestas, en el que se van a celebrar un encierro matinal y una corrida vespertina. Uno de los momentos críticos del traslado es el cruce de un paso a nivel sin barreras en mitad del campo, porque los jinetes saben que no disponen de mucho tiempo para atravesarlo.

Imagen: Wikipedia.org. Andalucía. El encierro. 1914

Sorolla, el maestro de la luz que eligió oscuros y claustrofóbicos vagones como escenario para algunos de sus cuadros de realismo social, falleció a los 60 años, tras dejar catalogadas 2.200 obras y haber alcanzado el reconocimiento de crítica y público. Al igual que Goya, en sus últimos tiempos sufrió mareos y dolores de cabeza, en los cuales pudo influir su exposición a componentes tóxicos, como el mercurio o el arsénico, presentes en tres de sus colores fetiche, el bermellón, el blanco plomo y el verde de Scheele. 

La mirada ferroviaria de Darío de Regoyos, el impresionista ferroviario (II/II)

Imagen:museobbaa.com. Autorretrato. 1895

Darío de Regoyos, el más destacado representante español del impresionismo, amaba la luz del Cantábrico, lo que unido al hecho de establecer su residencia en el País Vasco entre 1884 y 1913, explica su vasta obra ubicada en diferentes localidades de Gipuzkoa y Bizkaia.

Veinte años antes de instalarse en Gipuzkoa se inauguraba la línea férrea Madrid-Hendaya, que entre sus infraestructuras incluye el viaducto de Ormaiztegui. Dicho viaducto aparece en uno de sus cuadros más conocidos, en el que combina el estatismo del entorno, representado en  tonos azules, verdes y ocres, y el dinamismo del tren negro con su estela de humo gris azulado.

Imagen: Clasica2.com. El viaducto de Ormaitegui. 1896

Los alrededores de la capital donostiarra fueron el marco elegido para dos obras en las que el ferrocarril es el motivo central. Por orden cronológico, la primera es “El tren de las 16 horas, noviembre, San Sebastián”, en la cual captura el momento fugaz del paso de un convoy que cruza un paraje natural con el monte Adarra al fondo. La suave luz otoñal de la tarde crea unas sombras poco pronunciadas y la quietud del paisaje se contrapone al movimiento del tren, representado por el humo que despide su locomotora.

Imagen: reproarte.com. El tren de las 16.00, noviembre, San Sebastián. 1900

La segunda de las obras, ubicada en Ategorrieta, refleja la tranquila vida del campo solo interrumpida por el paso de un tren que es observado por dos mujeres a las que vemos de espalda, un rasgo muy característico de su estilo, porque la presencia de las personas cuando no están en grupo es escasa, y siempre de espaldas o perfil, sin que podamos reconocer sus caras.  

Imagen: reproarte.com. El paso del tren. 1902

El puerto de Pasajes fue un reclamo constante para Darío de Regoyos, porque lo pintó en numerosas ocasiones. Uno de los cuadros más bellos data de 1903; en él contrapone la estética industrial de una grúa, la vía férrea y el humo de un tren que acaba de pasar por Pasajes Ancho, con la belleza natural de la entrada del puerto y las casas de Pasajes San Juan iluminadas por la cálida luz de la tarde, cuyo reflejo se puede apreciar en el agua.

Imagen: reproarte.com. El puerto de Pasajes. 1903

El río Urumea es el protagonista de un cuadro que nos permite contemplar la actual estación de  Donostia-San Sebastián y una desaparecida plaza de toros circular, otra de las pasiones del artista. El día es triste, llueve, las personas caminan con sus paraguas abiertos hacia la estación, donde los coches de caballos esperan. Aunque no luce el sol, el agua refleja las tenues sombras que genera el puente. El tono general es grisáceo y contrasta con el verde del campo, el ocre de la orilla, el color rojizo del puente o las franjas malvas del edificio, todo lo cual aporta al cuadro una equilibrada variedad cromática.  

Imagen: museobilbao.com. El Urumea. 1904

Instalado en Bizkaia desde 1907, en 1910 pinta “El puente del Arenal” que muestra una imagen muy representativa del Bilbao de la época, en la que mezcla lo tradicional -las sardineras y la carreta-, con lo industrial -el tren, las gabarras y los tranvías-, y lo cultural -el Teatro Arriaga-. La luz vespertina y los colores apagados transmiten cierta tristeza. Es posible que el doloroso cáncer lingual que sufría y que acabó con su vida tuvieran reflejo en la obra.

Imagen: treneando.com. El puente del Arenal. 1910

Darío de Regoyos, el artista que capturaba lo más rápidamente posible la fugacidad de las impresiones de la luz y la atmósfera en las cosas; el pintor que nunca traicionó sus principios artísticos; el impresionista ajeno a críticas académicas y dictados del mercado; el hombre que encontró en el ferrocarril un símbolo de la libertad de movimiento y progreso, falleció en Barcelona en 1913 a los 56 años, tras una intensa, prolífica y viajera vida. 

La mirada ferroviaria de William Turner

Autorretrato. Circa 1799. tate.org.uk

En 1844, a sus 69 años, Joseph Mallord William Turner, uno de los pintores románticos británicos más admirados, sufría una acusada presbicia, por lo que tenía que usar unas gruesas lentes, pero su capacidad visionaria seguía intacta y un buen ejemplo es el óleo “Lluvia, vapor y velocidad. El Gran Ferrocarril del Oeste”, pintado cuatro años antes de la inauguración del Barcelona – Mataró, el primer ferrocarril público de la Península Ibérica. No fue, por tanto, ni un homenaje al ferrocarril ni a la revolución industrial.

Lluvia, vapor y velocidad. El Gran Ferrocarril del Oeste. 1844. educacion.ufm.edu

A diferencia de muchos de sus colegas, Turner estaba especialmente interesado en los avances científicos y tecnológicos de la época. Algo apreciable en el mencionado óleo, en el cual vemos una locomotora de vapor del ferrocarril privado The Great Western Railway, que unía el puerto de Bristol con Londres, y el vanguardista puente de Maidenhead sobre el río Támesis, diseñado por Isambard Kingdom Brunel, el ingeniero que en la actualidad da nombre a unos de los más importantes premios internacionales de arquitectura ferroviaria.

Para Turner, el tren es un recurso para representar un objeto a gran velocidad, en un paisaje difuminado. Además, recurre a una luz intensa que transmite una impresión más que una realidad, de ahí que, junto a su compatriota y coetáneo John Constable, sea considerado precursor del impresionismo. Durante años se consideró que se trataba de una obra inacabada, pero la confusión vino de quienes no comprendieron y criticaron sus técnicas revolucionarias que tanta influencia tuvieron posteriormente en otros artistas, desde Claude Monet a Jackson Pollock.

Hoy sabemos que las vistas casi abstractas de la última época de Mr. Turner (1775-1851), el pintor de la luz y maestro del paisajismo, en cuadros tan significativos como “Lluvia, vapor y velocidad. El Gran Ferrocarril del Oeste”, no son producto de la locura o la senilidad. Los radicales cambios de dicha etapa son la consecuencia de su infatigable espíritu rompedor y viajero. No es la obra de un viejo demente, sino la de un genio en su plenitud, lleno de energía y creatividad, que experimenta más y se atreve con nuevas técnicas, porque no tiene nada que demostrar ni plegarse a las indicaciones de los mecenas.

La mirada ferroviaria de Edward Hopper

Imagen: wikiart.org. Self-Portrait. 1925-1930

El 22 de julio de 1882 nacía Edward Hopper, uno de los principales representantes del realismo del siglo XX. Su carácter taciturno y sus formas austeras, tuvieron un fuerte reflejo en su obra -relativamente escasa, ya que fue un pintor de ejecución lenta y pausada-, que se caracteriza por la simplificada representación de la realidad y la perfecta captación de la soledad. Aunque pintó paisajes abiertos y dedicó especial atención a las casas aisladas, la mayoría de temas pictóricos representan lugares públicos como bares, moteles, hoteles, infraestructuras ferroviarias, trenes, todos ellos casi vacíos.

El tratamiento cinematográfico de las escenas, el empleo de la luz blanca y los fuertes contrastes de luces y sombras son los principales elementos diferenciadores de su pintura. Aspectos claramente apreciables en “House by the Railroad”, la casa gótica victoriana aislada que inspiró a Alfred Hitchcook el siniestro motel de Norman Bates en “Psicosis”, y que es reconocible tanto en la película como en el afiche de “Días del cielo” de Terrence Malick.  

Imagen: wikipedia.org. House by the Railroad. 1925

En su pintura captó la América de la Gran Depresión y dos de sus rasgos sociales más característicos, la movilidad geográfica y el desarraigo. En este contexto hay que situar la acuarela “Freight Car at Truro”, en la que vemos un vagón perdido en plena vía, la cual está siendo invadida por la arena. Al igual que “House by the Railroad”, transmite una sensación de abandono y de esplendor que se desintegra lentamente.

Imagen: WikiArt.org. Freight Car at Turto. 1931

En el mismo contexto hay que ubicar “Railroad Sunset”, reflejo de un paisaje, solitario e indeterminado, en el que el ferrocarril, en medio de una de las crisis más graves de la historia, no siempre fue símbolo de  aventura o emoción, reencuentro o despedida. En el cuadro, las vías son un elemento divisorio entre el espectador y la escena natural, en la que se observa un fuerte contraste entre los colores oscuros de la tierra y los tonos rojizos, ocres y cerúleos del cielo.

Imagen: WikiArt.org. Railroad Sunset. 1929

Hopper se interesó también por las escenas de la vida cotidiana situadas en interiores, género que en el siglo XIX adquirió gran popularidad y fue cultivado, entre otros, por los impresionistas. Los escenarios inicialmente hogareños se ampliaron a lugares públicos tales como interiores de teatros, hoteles, trenes…, porque el deseo de los artistas era reflejar las nuevas costumbres y los nuevos estados de ánimo inducidos por los cambios sociales de la época, tal como percibimos en “Compartment C, Car 293”, óleo en el que una mujer viaja sola concentrada en la lectura.

Imagen: historia-arte.com. Compartment C, Car 293. 1938

Su concepto del paisaje supuso una ruptura con el paisajismo norteamericano del siglo XIX, ya que se centra sobre todo en las vistas urbanas de Manhattan o en las zonas residenciales de la periferias, como por ejemplo en “New York, New Haven and Hartford”, cuadro que toma el título del ferrocarril que circuló entre 1872 y 1986 en Nueva Inglaterra. Contemplamos un paisaje aislado de la ciudad, en el que la soledad y los marcados contrates cromáticos lo impregnan todo; donde las vías férreas actúan de nuevo como separación entre el espectador y la escena.   

Imagen: WikiArt.org. New York, New Haven and Hartford. 1931

En las vistas urbanas destaca la inhospitalidad de los lugares pintados, como es el caso de “Approaching a City”, obras de ingeniería que él representa como espacios desolados en los que sobresale su complejidad visual, así como la fugacidad de la vida moderna.

Imagen: edwardhopper.net. Approaching a City. 1946

Hopper se interesó por la cultura y el arte europeo, en especial por Manet y Degas, pero optó por el realismo que defendía su profesor Robert Henri frente al academicismo e impresionismo americano imperantes en la época. Desde pequeño sintió pasión por los trenes, de ahí que no sea extraño que en aproximadamente el 10% de su producción encontremos motivos ferroviarios. Falleció el 15 de mayo de 1967 y tras su muerte, no solo ha sido reconocido como un ejemplo de la pintura realista americana, sino como uno de los grandes maestros del arte del siglo XX.

La mirada ferroviaria de Darío de Regoyos, el impresionista ferroviario (I/II)

Imagen: rtve.es. Autorretrato. 1880

Darío de Regoyos y Valdés (Ribadesella, 1857 – Barcelona, 1913), es el principal representante español del impresionismo. Tras sus estudios iniciales en Madrid se trasladó a Bruselas y su aprendizaje se enriqueció en contacto con Camille Pissarro, George Seurat o Paul Signac. El paisaje le permitió investigar sobre la luz, sus efectos fugaces y el color. Trabajaba directamente al natural, con rapidez y sin bocetos previos. Curioso, moderno, ecléctico y experimentador nato, además del impresionismo  exploró también el naturalismo, puntillismo, simbolismo…  

Como viajero incansable que recorrió la geografía española en busca de instantáneas, el ferrocarril ejerció una gran atracción para una mentalidad abierta y nómada como la suya. Así, en 1878 pinta “El Palacio Real”, en cuya parte trasera dejó escritas toda una serie de reflexiones, desde su amor no correspondido por Choncha -la hija de José de Echegaray-, hasta su rechazo a estudiar arquitectura -como deseaba su padre-, pasando por sus deseos de irse de Madrid. Eran tiempos en los que solía acercarse al Paseo de la Florida, desde donde veía el Palacio Real y la entrada y salida de los trenes de la Estación del Norte, en los que tanto ansiaba montarse.

Imagen: pinterest.com. El Palacio Real. 1878

De entre 1901 y 1904 datan otras tres obras con motivos ferroviarios que ubica en Castilla y León, dos de ellas en Pancorbo, localidad burgalesa situada en los Montes Obarenes, de gran belleza natural gracias al conjunto que forman su desfiladero, casas de piedra y el río Oroncillo. En el primero de los cuadros, “Pancorbo, el tren que pasa”, unos niños reciben alborozados al futuro, representado por un tren de vapor que cruza con toda majestuosidad el idílico paisaje, el cual vemos tamizado por una bella luz matinal.   

Imagen: museunacional.cat. Pancorbo, el tren que pasa. 1901

El segundo es “El túnel de Pancorbo”, donde observamos la parte trasera de un tren de mercancías que, tras salir de un túnel, cruza el viaducto que salva el enorme desnivel entre la vía férrea y la base del desfiladero. Un cuadro en el que se aprecian una serie de elementos que se repiten en su obra, como son el puente o el viaducto, según el caso; la superposición de infraestructuras, con la vía férrea y el tren arriba, encarnación del futuro, y la carretera y la tartana abajo, representación del pasado; o el dinamismo del tren frente a la quietud de las construcciones.  

Imagen. pinterest.com. El túnel de Pancorbo. 1902

El tercero de los cuadros corresponde a la serie “La España negra”, de fuerte carga simbolista, en la que refleja paisajes y rituales de la España provinciana. En “Viernes Santo en Castilla” vemos de nuevo el contraste entre el tren que circula por los caminos de hierro, con el faro de la locomotora encendido para acentuar la idea de progreso, frente a la procesión que sigue a una imagen religiosa, que transita por los caminos de tierra, símbolo de la tradición.

Imagen: pinterest.com. Viernes Santo en Castilla. 1904

Como buen impresionista, el ferrocarril fue un motivo recurrente en la obra de Darío de Regoyos, a lo que seguro que también contribuyó el hecho de que su padre, Darío de Regoyos y Molenillo, afamado arquitecto e ingeniero, fuera el artífice de los barrios madrileños de Argüelles y Pozas, además de dirigir las obras de construcción de la vía férrea al paso por Ribadesella.