La magia musical de funiculares, metros y tranvías

Imagen: Wikipedia

Metros, tranvías, funiculares, trenes de cremallera, mineros…, ferrocarriles de los cuales existe una nutrida representación por todo el mundo, cumplen una importante labor social o técnica y han servido de inspiración para brillantes composiciones musicales, algunas de las cuales han alcanzado notoriedad universal.

La gran diva británica Petula Clark grabó en 1967 “Don’t Sleep in the Subway”, una canción con un estribillo que recuerda a los Beach Boys y que a la postre fue su último gran éxito en América. En ella cuenta las desavenencias de una pareja en la que, en un momento de crisis, él amenaza con dejarla, pero ella le pide que olvide su orgullo, traten de alcanzar una solución y pasen la noche juntos, de manera que él no tenga que dormir en el Metro.

Al otro lado del Atlántico, el muy cinematográfico Downtown Train o D-Train, el suburbano neoyorkino, le sirve a Tom Waits, poeta y cronista urbano de la Gran Manzana, para contarnos cómo la persona protagonista de “Downtown Train” fantasea con una de esas chicas de Brooklyn que llenan los trenes cada noche, mientras se esfuerzan por salir de su estrecho mundo, y con la que nunca podrá codearse.

El tranvía es un sistema de transporte en el que el vehículo recorre las calles de la ciudad a cota de rasante, desplazándose sobre dos carriles, llamados de garganta, que van empotrados en la calzada para no obstaculizar el paso de personas u otros vehículos; sin embargo, antes de que la denominación «Cercanías» se asentara en España, el tranvía se confundía en muchas ocasiones con las Unidades de Tren, acaso por convertir equivocadamente las siglas UT en Unidad Tranvía.

La archiconocida canción colombiana “Santa Marta tiene tren pero no tiene tranvía”, nos puede dar una pista de que tren y tranvía no son la misma cosa; sin embargo y siendo esto cierto, el origen de la canción es otro. A mediados del siglo XIX, el español Joaquín de Mier y Benítez se hizo con la explotación del puerto colombiano de Santa Marta y con una naviera. En agradecimiento a la ciudad, mandó traer un tren de Francia, pero una vez en Colombia la obtención de los permisos para construir las vías se demoró más de lo previsto, de ahí que la canción diga que Santa Marta tiene tren pero no “train vía”, es decir, vías de tren.

Los funiculares son una solución para superar grandes pendientes, superiores incluso a las que salvan los trenes de cremallera. Funcionan sobre vía inclinada con un sistema de contrapeso, en el que los vehículos que circulan sobre vías son arrastrados por cables. Uno de los más famosos del mundo era el que subía al monte Vesubio en Nápoles. Para conmemorar su inauguración, Luigi Denza compuso la canción “Funiculì, Funiculà”. Su melodía ha embelesado a un sin número de artistas, desde el mismísimo Richard Strauss, que pensando que se trataba de un tema folklórico la incluyó en el 4º Movimiento de la sinfonía “Aus Italien”, hasta los adalides del rock psicodélico americano, The Grateful Dead, pasando por Luciano Pavarotti.

La magia que desprenden suburbanos, tranvías, funiculares…, es la base de composiciones musicales que han encandilado a millones de personas, porque, además de su funcionalidad, son el vehículo perfecto para contarnos aspectos relevantes de las relaciones personales y la historia.  

La mirada ferroviaria de Edward Hopper

Self-Portrait, 1925-1930. wikiart.org.

El 22 de julio de 1882 nacía Edward Hopper, uno de los principales representantes del realismo del siglo XX. Pintor de carácter hermético y formas austeras, de ejecución lenta y pausada, destacó por la simplificada representación de la realidad y la perfecta captación de la soledad. Aunque pintó paisajes abiertos, la mayoría de sus temas pictóricos se centran en lugares públicos como bares, moteles, hoteles, barcos, infraestructuras ferroviarias o trenes, casi siempre vacíos.

Entre los elementos visuales que definen su estilo, destacan la predilección por las casas aisladas, el tratamiento cinematográfico de las escenas, el uso de la luz blanca y los intensos contrastes entre luces y sombras. Un paradigma de esta estética es House by the Railroad, la casa gótica victoriana solitaria que, más tarde, inspiraría a Alfred Hitchcock para crear el siniestro motel de Norman Bates en Psicosis, y que también se refleja en el afiche de Días del cielo (1978), dirigida por Terrence Malick.

House by the Railroad, 1925. wikipedia.org.

En su pintura, Hopper captó con precisión la América de la Gran Depresión, centrando su atención en dos de sus características sociales más significativas: la movilidad geográfica y el desarraigo. Un claro ejemplo de esta temática es la acuarela Freight Car at Truro, donde se ve un vagón en una vía aparentemente sin uso, que parece estar siendo devorada lentamente por la arena. Al igual que House by the Railroad, esta obra emana una profunda sensación de abandono y decadencia.

Freight Car at Truro,1931. wikiart.org.

Otro cuadro que se enmarca en la época de la Gran Depresión es Railroad Sunset, reflejo de un período en el que el ferrocarril no siempre era símbolo de aventura o emoción, reencuentro o despedida. En un entorno solitario e inderterminado, las vías actúan como un elemento divisorio entre el espectador y la escena natural, en la que se observa un fuerte contraste entre los colores oscuros de la tierra y los tonos rojizos, ocres y cerúleos del cielo.

Railroad Sunset, 1929. wikiart.org.

Hopper, al enfocar su mirada en la modernidad urbana, rompió con la tradición del paisaje norteamericano del siglo XIX, eligiendo en su lugar vistas de Manhattan y de la periferia residencial. Un claro ejemplo de ello es New York, New Haven and Hartford, obra que toma su nombre de una famosa línea ferroviaria que operó en Nueva Inglaterra entre 1872 y 1986. En este cuadro, la soledad se apodera de un paisaje urbano aislado, en el que las vías férreas, una vez más, actúan como una frontera entre el espectador y la escena.

New York, New Haven and Hartford. 1931. wikiart.org.

En sus representaciones urbanas, Hopper resalta la complejidad visual y la inhospitalidad de la ciudad, como se aprecia en Approaching a City, donde la luz y las sombras se entrelazan para crear una atmósfera desoladora. Este óleo no solo refleja la geometría de la ciudad, sino que se convierte en una metáfora de lo urbano como un vacío amenazante, en el que el ser humano está ausente.

Approaching a City, 1946. edwardhopper.net.

Se interesó también por las escenas de la vida cotidiana situadas en interiores, un género que adquirió gran popularidad en el siglo XIX y fue cultivado, entre otros, por los impresionistas. Los escenarios inicialmente hogareños se ampliaron a lugares públicos tales como interiores de teatros, hoteles, trenes. En este sentido, Compartment C, Car 293 es un ejemplo representativo: en él, una mujer viaja sola en tren, absorta en su lectura, mientras el espacio vacío que la rodea subraya la introspectiva distancia emocional que caracteriza muchas de sus obras.

Compartment C, Car 293, 1938. historia-arte.com.

A pesar de su fascinación por la cultura y el arte europeos, en especial por Manet y Degas, Hopper optó por el realismo que defendía su profesor Robert Henri frente al academicismo e impresionismo americano imperantes en la época. Falleció el 15 de mayo de 1967 y tras su muerte, no solo ha sido reconocido como un ejemplo de la pintura realista americana, sino como uno de los grandes maestros del arte del siglo XX, al que se le fue la vida buscando la perfección.

Los años de peregrinación del chico sin color

Haruki Murakami. Los años de peregrinación del chico sin color, 2013. casadellibro.com

Tsukuru Tazaki es ingeniero y diseña estaciones ferroviarias: ha logrado transformar una pasión íntima en su oficio. Lleva una existencia tranquila, casi aséptica, y rehúye que se le etiquete como otaku, término japonés de connotaciones peyorativas que alude a quienes desarrollan una obsesión desmedida por una afición. Sin embargo, durante la adolescencia pasaba horas enteras sentado en las estaciones, observando el incesante ir y venir de los trenes. Hoy, con treinta y seis años, continúa refugiándose en ellas cada vez que necesita estar solo y reencontrarse consigo mismo, algo que queda especialmente patente en el último capítulo de la novela, a través del minucioso análisis de la estación de Shinjuku, la más transitada del mundo, gestionada por la East Japan Railway Company.

Al iniciar sus estudios universitarios en Tokio, Tsukuru vio cómo sus amigos más cercanos de Nagoya —Aka, Ao, Shiro y Kuro, ideogramas que significan rojo, azul, blanco y negro, respectivamente— rompían de forma abrupta y sin explicación toda relación con él. Este rechazo repentino le provocó una crisis profunda que le dejó emocionalmente muy afectado durante años. Aunque continuó con su vida, lo hizo de manera mecánica, sin verdadero arraigo y atrapado en pensamientos de muerte. Esta herida se vio agravada por el hecho de que todos sus amigos llevasen nombres asociados a colores, mientras que Tsukuru —nombre que hace referencia al verbo “construir”— carecía de esa marca simbólica, lo que reforzó su percepción de ser prescindible, intercambiable, alguien sin una identidad definida.

Dieciséis años después, la aparición de Sara, una mujer por la que siente una atracción auténtica y profunda, le impulsa a indagar en aquel episodio del pasado, consciente de que no es posible amar plenamente sin haber afrontado las propias sombras. Esta búsqueda le llevará a emprender un viaje que le conducirá incluso hasta Finlandia, con el propósito de reencontrarse con sus antiguos amigos y desentrañar lo ocurrido, pues, aunque el conocimiento del pasado no siempre tiene un efecto reparador, sí puede permitir seguir adelante.

Los años de peregrinación del chico sin color es una novela sobre la herida silenciosa del abandono y la necesidad de mirarla de frente. Se trata de una obra hipnótica y melancólica, de final abierto, que avanza al compás de Le Mal du Pays, una de las piezas de la primera suite de Años de peregrinación de Franz Liszt. Al igual que en otras de sus obras, Haruki Murakami (Kioto, 1949) recurre a atmósferas oníricas y al realismo mágico, para reflexionar sobre la soledad y el aislamiento, la identidad y la culpa de quienes luchan por encontrar su lugar en el mundo y presienten que ha llegado el momento de tomar un tren.

DATOS BIBLIOGRÁFICOS

  • Autor: Haruki Murakami
  • Título: Los años de peregrinación del chico sin color
  • Editorial: Tusquets
  • Año de publicación: 2013
  • Páginas: 320

La mirada ferroviaria de Darío de Regoyos (I/II)

rtve.es. Autorretrato. 1880

Darío de Regoyos y Valdés (Ribadesella, 1857 – Barcelona, 1913), es el principal representante español del impresionismo. Tras sus estudios iniciales en Madrid se trasladó a Bruselas, donde enriqueció su aprendizaje en contacto con Camille Pisarro, George Seurat o Paul Signac. Curioso, moderno, ecléctico y experimentador nato, además del impresionismo exploró también el naturalismo, el puntillismo y el simbolismo. Trabajaba directamente al natural, con rapidez y sin bocetos previos, lo que le facilitaba investigar sobre la luz, sus efectos fugaces y el color.

Como viajero incansable que recorrió la geografía española en busca de instantáneas, el ferrocarril ejerció una gran atracción para una mentalidad abierta y nómada como la suya. Así, en 1878 pinta El Palacio Real, en cuya parte trasera dejó escritas toda una serie de reflexiones, desde su amor no correspondido por Choncha -la hija de José de Echegaray-, hasta su rechazo a estudiar arquitectura -como deseaba su padre-, pasando por sus deseos de abandonar Madrid. Eran tiempos en los que solía acercarse al Paseo de la Florida, desde donde veía el Palacio Real y la entrada y salida de los trenes de la Estación del Norte, en los que tanto ansiaba montarse.

pinterest.com. El Palacio Real. 1878

Entre 1901 y 1904, pinta otras tres obras con motivos ferroviarios que ubica en Castilla y León, dos de ellas en Pancorbo, localidad burgalesa situada en los Montes Obarenes, de gran belleza natural gracias al conjunto que forman su desfiladero, casas de piedra y el río Oroncillo. Por orden cronológico, la primera de ellas es Pancorbo, el tren que pasa, en la que unos niños reciben alborozados al futuro, representado por un tren de vapor que cruza con toda majestuosidad el idílico paisaje, tamizado por una bella luz matinal.   

Imagen: museunacional.cat. Pancorbo, el tren que pasa. 1901

La segunda obra es El túnel de Pancorbo, donde observamos la parte trasera de un tren de mercancías que, tras salir de un túnel, cruza el viaducto que salva el enorme desnivel entre la vía férrea y la base del desfiladero. En ella se aprecian una serie de elementos habituales en sus cuadros, como son el puente o el viaducto, según el caso; la superposición de infraestructuras, con la vía férrea y el tren arriba, encarnación del futuro, y la carretera y la tartana abajo, representación del pasado; así como el dinamismo del tren frente a la quietud de las construcciones.  

pinterest.com. El túnel de Pancorbo. 1902

La tercera de las obras corresponde a la serie La España negra, de fuerte carga simbólica, donde refleja paisajes y rituales de la España provinciana. En Viernes Santo en Castilla vemos de nuevo el contraste entre el tren que circula por los caminos de hierro, con el faro de la locomotora encendido para acentuar la idea de progreso, frente a la procesión que sigue a una imagen religiosa, que discurre por los caminos de tierra, símbolo de la tradición.

pinterest.com. Viernes Santo en Castilla. 1904

Como buen impresionista, el ferrocarril fue un motivo recurrente en la obra de Darío de Regoyos, a lo que seguro que también contribuyó el hecho de que su padre, Darío de Regoyos y Molenillo, afamado arquitecto e ingeniero, fuera el artífice de los barrios madrileños de Argüelles y Pozas, además de dirigir las obras de construcción de la vía férrea al paso por Ribadesella.

The Station Agent (Vías cruzadas)

The Station Agent. Thomas McCarthy, 2003. FilmAffinity.com

No es habitual que alguien herede una estación ferroviaria abandonada en New Jersey. Menos aún que decida instalarse en ella para vivir como un eremita, apartado del mundanal ruido, entregado por completo a su verdadera pasión: los trenes, a los que observa y filma en movimiento para proyectarlos después en pases privados. Sin embargo, tras la muerte de su único amigo, esa es la decisión que adopta Finbar McBride (Peter Dinklage), un hombre solitario, cansado de ser el centro de todas las miradas, de sentirse observado y juzgado. Finbar no busca llamar la atención; muy al contrario, la rehúye, aunque su estatura —no alcanza el metro cuarenta— lo convierta inevitablemente en objeto de curiosidad ajena.

Con el paso del tiempo, Finbar comienza a relacionarse con dos personajes igualmente singulares que habitan la zona. Por un lado, Olivia Harris (Patricia Clarkson), una artista hondamente marcada por la muerte de su hijo y la separación de su marido, encarnación de la empatía y de la necesidad de recomponerse tras la pérdida. Por otro, Joe Oramas (Bobby Cannavale), propietario de una furgoneta de perritos calientes y reverso absoluto de Finbar: un hombre extravertido, histriónico y aparentemente despreocupado que, sin familia cercana ni un proyecto vital definido, busca de manera insistente el contacto con los demás por temor a quedar aislado. Entre los tres se va tejiendo una relación que evoluciona de forma pausada hasta convertirse en una amistad genuina y desinteresada, sostenida en la paciencia, la comprensión y la empatía.

Así las cosas, la película, que oscila entre la comedia y el drama, deviene en una reflexión sobre la soledad, como condición cotidiana; y la amistad, entendida como un vínculo que nace de manera inesperada, incluso cuando no se busca. También, sobre la mirada social, siempre proclive a reducir a las personas a sus diferencias visibles; y el duelo, ya que cada uno de los personajes ha de enfrentarse a una pérdida distinta. De este modo, la obra sugiere que el dolor, cuando se comparte, resulta más llevadero.

Galardonada en los festivales de Sundance (Premio del Público, Mejor Guion y Mejor Actriz) y San Sebastián (Premio Especial del Jurado), así como en los Premios BAFTA (Mejor guion original), The Station Agent es una película independiente norteamericana de marcado tono intimista. Un largometraje sencillo y delicado, de inequívoco espíritu ferroviario, que sirve además como carta de presentación de Tom McCarthy, hasta entonces actor de reparto, quien debuta aquí como director y firma también el guion.

FICHA TÉCNICA:

  • Título: The Station Agent (Vías cruzadas)
  • Director: Thomas McCarthy  
  • Guión: Thomas McCarthy
  • Música: Stephen Trask
  • Fotografía: Oliver Bokelberg
  • Reparto: Patricia Clarkson, Peter Dinklage, Bobby Cannavale, Michelle Williams
  • País: Estados Unidos   
  • Año: 2003
  • Duración: 88 minutos
  • Género: Comedia dramática