El legado ferroviario de Joaquín Sabina

Joaquín Sabina en directo. Antonio Expósito on X

Joaquín Ramón Martínez Sabina (Úbeda, 1949) ama el ferrocarril. La presencia de metros, tranvías y trenes en general es una constante en su obra y no lo es más porque, como afirma, se refrena. El ferrocarril aparece en canciones, poemarios y puestas en escena. Baste recordar su gira del año 2000, en la que una imagen de la estación de Linares-Baeza decoraba el escenario o la que inició por Latinoamérica en 2011, titulada El penúltimo tren.

Dos ejemplos relevantes de esta presencia se encuentran en su segundo disco, Malas Compañías. El primero es Calle melancolía, una manifestación de la lucha interior entre el deseo de cambio y la resignación, así como una metáfora de su estado emocional. De ahí ese anhelo de escapar hacia el barrio de la alegría, pero siempre que lo intentaba había salido ya el tranvía.

El segundo es Pongamos que hablo de Madrid, una declaración de amor tan llena de reproches como melancólica a una ciudad en la que se respiraba desilusión y soledad. En ella, «las niñas ya no querían ser princesas, a los niños les daba por perseguir el mar dentro de un vaso de ginebra y la vida era un metro a punto de partir».

Joaquín Sabina. Malas compañías, 1980. Discogs.com

Con el disco Ruleta rusa y canciones como Caballo de cartón, anticipa el momento que está a punto de llegar. En este tema, retrato de vida urbana que aúna crítica social con la ilusión de una cita que rompa la monotonía, el Metro de Madrid juega un papel clave y las estaciones de Tirso de Molina, Sol, Gran Vía, Tribunal forman parte de un recorrido cotidiano.

Joaquín Sabina. Ruleta rusa, 1984. Discogs.com

Su momento llega con su cuarto disco, Juez y parte, el más rockero hasta entonces, con el que da el salto definitivo a la primera división de la música. Se trata de un álbum en el cual el ferrocarril es el protagonista silente de la autobiográfica Cuando era más joven, una mirada introspectiva y nostálgica al pasado desde la adultez. En ella evoca la libertad y la rebeldía de una juventud marcada por viajes en sucios trenes que iban hacia el norte. Un debate entre la añoranza de un momento en el que «la vida era dura, distinta y feliz», y la aceptación de la madurez.

La libertad y la rebeldía también están presentes en el otro clásico ferroviario del mismo disco: Balada de Tolito, una oda a las personas que viven al margen de la sociedad. Tolito, un mago, un bohemio, un trotamundos de vida errante, al que se le puede ver en el andén o subiendo o bajando de algún tren. Su vida es una función continua, un «circo que cabe en el  asiento de un vagón», donde transforma la pena en fantasía.  

Joaquín Sabina y Viceversa. Juez y parte, 1985. Discogs.com

El éxito de Juez y parte se consolida con el disco En directo, que incluye Mujeres fatal, una celebración de la mujer en todas sus facetas y un retrato vibrante de su complejidad y diversidad. La canción presenta un desfile de figuras femeninas, desde «mujeres que dicen que sí cuando dicen que no», hasta «mujeres que sueñan con trenes llenos de soldados», pasando por «mujeres que empiezan la guerra firmando la paz» o «mujeres capaces de hacerle perder la razón» a un artista famoso por su intensa vida sentimental.

Joaquín Sabina y Viceversa, 1986. Discogs.com

Esa fascinación reaparece en Y sin embargo, su canción de amor favorita, incluida en el disco Yo, mí, me, contigo. De nuevo la contradicción como eje central  para reflejar, en este caso, el debate entre el amor profundo y la infidelidad a una mujer a la que engañaría y cambiaría por cualquiera, a pesar de reconocer que «una casa sin ella es una emboscada, el pasillo de un tren de madrugada».

Joaquín Sabina. Yo, mí, me contigo, 1996. Discogs.com

Esta aproximación al legado ferroviario de Sabina culmina con Yo me bajo en Atocha, del disco Enemigos íntimos. Otra demostración de amor a Madrid, a pesar de sus contradicciones e imperfecciones, un recorrido histórico, cultural y sentimental a la ciudad a la que siempre regresa, porque él «se baja en Atocha, se queda en Madrid».  

Sabina y Páez. Enemigos íntimos, 1998. Discogs.com

Colchonero irredento, crápula confeso, Joaquín Sabina, el bardo que ha convertido el ferrocarril en uno de sus recursos metafóricos predilectos, cultiva una poesía sencilla, original y llena de sutiles observaciones sociopolíticas, rebosante de ironía, causticidad y socarronería. Deudor de Francisco de Quevedo y admirador de Jaime Gil de Biedma, desde hace años es merecedor del Premio Cervantes. Que sus señorías no lo demoren.

Joaquín Sabina en la estación de Linares-Baeza. http://www.fernandomarrero.com