
En 1844, a la edad de 69 años, Joseph Mallord William Turner, uno de los pintores románticos británicos más admirados, sufría una acusada presbicia, lo que le obligaba a utilizar lentes gruesas. A pesar de ello, su capacidad visionaria permanecía intacta, como se evidencia en su óleo Lluvia, vapor y velocidad. El Gran Ferrocarril del Oeste, pintado cuatro años antes de la inauguración del Barcelona – Mataró, el primer ferrocarril público de la Península Ibérica. No fue, por tanto, ni un homenaje al ferrocarril ni a la revolución industrial.

A diferencia de muchos de sus colegas, Turner mostraba especial interés en los avances científicos y tecnológicos de la época, algo apreciable en el mencionado óleo. En él vemos la primera representación de un tren en la historia del arte, una locomotora de vapor del ferrocarril privado The Great Western Railway, que conectaba el puerto de Bristol con Londres, y el vanguardista puente de Maidenhead sobre el río Támesis, diseñado por Isambard Kingdom Brunel, el ingeniero que en la actualidad da nombre a unos de los más importantes premios internacionales de arquitectura ferroviaria.
Para Turner, el tren es un recurso para representar un objeto en movimiento a gran velocidad, en un paisaje difuminado. Además, recurre a una luz intensa que transmite una impresión más que una realidad, de ahí que, junto a su compatriota y coetáneo John Constable, sea considerado precursor del impresionismo. Aunque durante años se creyó que era una obra inacabada, hoy sabemos que la confusión vino de quienes no comprendieron y criticaron sus técnicas revolucionarias, las cuales ejercieron gran influencia en otros artistas, desde Claude Monet hasta Jackson Pollock.
Las vistas casi abstractas de la última etapa de Mr. Turner (1775-1851), pintor de la luz y maestro del paisajismo, en cuadros tan significativos como Lluvia, vapor y velocidad. El Gran Ferrocarril del Oeste no son producto de la locura o la senilidad. Estos cambios radicales son la consecuencia de su infatigable espíritu rompedor y viajero. No es la obra de un anciano demente, sino la de un genio en su plenitud, lleno de energía y creatividad, que experimenta más y se atreve con nuevas técnicas, porque no tiene nada que demostrar ni plegarse a las indicaciones de los mecenas.