
Andrés do Barro. O tren. Amazon.es
En 1955, con la entrada de España en la ONU, el franquismo se vio obligado a abrirse gradualmente al mundo. Los primeros ecos de esta tímida apertura se pueden apreciar en El chacachá del tren, donde las Hermanas Fleta narran las pasiones contenidas de una mujer que emprende un viaje de ida y vuelta a Lisboa en el Lusitania Expreso, en el cual tanto un galán como un interventor portugueses le colman de atenciones.
Cuatro años después de la entrada en la ONU, Franco se reunía con el presidente Einsenhower en Torrejón de Ardoz, acto considerado como la consolidación del régimen franquista y el fin del aislacionismo español. Este hito se vería confirmado con el Plan de Estabilización de 1959, que acabó con la política autárquica, marcó el inicio del boom turístico y propició la puesta en servicio del Talgo Madrid-París en 1968, entre otros muchos ejemplos.
Quien decidió no tomar el Talgo Madrid-París fue Miguel Ríos, quien, consciente de que «debajo de los adoquines no había playa» -contrariamente a lo que proclamaban los manifestantes de las revueltas parisinas de Mayo del 68-, o por cualquier otra razón, optó por «regresar» a su tierra. Tal como cuenta en Vuelvo a Granada, retornaba a casa en tren, sin prisa, seguro de encontrar la felicidad entre su gente y las cosas que para siempre le retendrían. Sin embargo, en un país con un sistema de infraestructuras terrestres radiales, triunfar era sinónimo de hacerlo en Madrid, por lo que su «regreso» a la capital no se hizo esperar.
Al igual que Miguel Ríos, Andrés do Barro, impulsado por la saudade, también apostaba por tomar el tren y volver a su hogar en un tema titulado precisamente O tren. En un momento en el que los idiomas cooficiales eran inimaginables, su apuesta por cantar en gallego fue un acto valiente en favor de la libertad de expresión y la dignificación de su idioma materno.

Estación de Pontedeume. Placa con motivo del Centenario de la Línea Betanzos Infesta-Ferrol, 1913-2013
Otro artista que también apostaba por las lenguas cooficiales era Joan Manuel Serrat. Su exigencia de cantar La, La, La en catalán le costó su participación en el Festival de Eurovisión de 1968. Sin embargo, al año siguiente, como si de un acto de justicia poética se tratara, logró uno de sus mayores éxitos con Penélope. La canción habla de una mujer que acude a la estación para tomar el primer tren e ir en busca del hombre que le robó el corazón. Aunque en realidad solo necesita un billete de andén, porque se trata de una mujer trastornada por el dolor, y como diría Maná, sola en el olvido y con su espíritu. Esta canción guarda cierto paralelismo con La niña de la estación de Concha Piquer, lo cual no sorprende, porque Serrat es un artista que ha destacado en sus esfuerzos por desvincular la copla del franquismo.
Coincidiendo con el cambio de década y el vigésimo aniversario del retorno de los embajadores americanos a Madrid, Los Pekenikes, nuestra mejor banda de rock instrumental, nos brindó Tren transoceánico a Bucaramanga. Esta composición, que toma como referencia la mencionada ciudad colombina, puede interpretarse como una sugerencia para reforzar nuestros vínculos con Latinoamérica.
El periodo comprendido entre 1955 y 1970 es el fiel reflejo del lento declinar del franquismo, porque abarca desde su punto culminante, la entrada de España en la ONU, hasta uno de sus momentos más críticos, la condena a muerte de seis etarras en el Proceso de Burgos. Una etapa que también conoció la irrupción masiva de los movimientos democráticos estudiantiles y obreros, así como el afloramiento de las primeras reivindicaciones nacionalistas y la creación, en 1965, de los Ferrocarriles Españoles de Vía Estrecha (FEVE).