
Darío de Regoyos y Valdés (Ribadesella, 1857), el más destacado representante español del impresionismo, amaba los cambiantes cromatismos de la luz del Cantábrico, lo que unido al hecho de establecer su residencia en el País Vasco durante treinta años, explica su vasta obra ubicada en diferentes localidades de Gipuzkoa y Bizkaia.
Instalado en Gipuzkoa desde 1884, en 1896 pintó el viaducto de Ormaiztegui, una de las infraestructuras más emblemáticas de la línea férrea Madrid-Hendaya. Dicho viaducto aparece en uno de sus cuadros más conocidos, donde fusiona el estatismo del entorno, representado en tonos azules, verdes y ocres, y el dinamismo del tren negro con su colorida estela de humo.

La capital donostiarra y su barrios fueron una inspiración continua para Darío de Regoyos. En El tren de las 16 horas, noviembre, San Sebastián captura el momento fugaz del paso de un convoy por un paraje natural con el monte Adarra al fondo. La suave luz otoñal de la tarde crea unas sombras poco pronunciadas y la quietud del paisaje se contrapone al movimiento del tren, con su característica, generosa y cromática estela de humo.

El hoy populoso barrio donostiarra de Ategorrieta era a principios del siglo XX un ejemplo de la tranquila vida en el campo, ocasionalmente interrumpida por un tren. La observación de uno por parte de dos mujeres a las que vemos de espalda -un rasgo muy característico de su estilo, porque la presencia de las personas cuando no están en grupo es escasa y siempre de espaldas o perfil, sin que podamos reconocer sus caras-, es el motivo de El paso del tren.

Pocos cientos de metros antes de la desembocadura del Urumea en el mar Cantábrico, fue el lugar elegido para una obra cuyo título es precisamente el nombre de dicho río. En ella, contemplamos la actual estación de Donostia-San Sebastián y una desaparecida plaza de toros circular. El día es triste, llueve y las personas caminan con los paraguas abiertos hacia la estación, donde los coches de caballos esperan. Aunque no brilla el sol, el agua refleja las tenues sombras generadas por el puente. El tono general es grisáceo y contrasta con el verde del campo, el ocre de la orilla, el color rojizo del puente o las franjas malvas del edificio, todo lo cual aporta al cuadro una equilibrada variedad cromática.

Si Donostia-San Sebastián y sus alrededores fueron un motivo recurrente en sus obras, qué decir del puerto de Pasajes, el cual pintó en numerosas ocasiones y por diferentes motivos. En uno de sus cuadros de 1903, contrapone la estética industrial de una grúa, la vía férrea y el humo de un tren que acaba de pasar por Pasajes Ancho, con la belleza natural de la entrada del puerto y las casas de Pasajes San Juan iluminadas por la cálida luz de la tarde, cuyo reflejo se puede apreciar en el agua.

El puerto de Pasajes. 1903. reproarte.com.
En 1907 traslada su residencia a Bizkaia. A dicha etapa corresponde El puente del Arenal, una imagen muy representativa del Bilbao de la época, en la que mezcla lo tradicional -las sardineras y la carreta-, con lo industrial -el tren, las gabarras y los tranvías-, y lo cultural -el Teatro Arriaga-. La luz vespertina y los colores apagados transmiten cierta tristeza. Es posible que el doloroso cáncer lingual que sufría y que acabó con su vida tuvieran reflejo en la obra.

Darío de Regoyos, el artista que capturaba rápidamente la fugacidad de las impresiones de la luz y la atmósfera en las cosas; el pintor que nunca traicionó sus principios artísticos; el impresionista ajeno a críticas académicas y dictados del mercado; el hombre que encontró en el ferrocarril un símbolo de la libertad de movimiento y progreso, falleció en Barcelona en 1913 a los 56 años, tras una intensa, prolífica y viajera vida.