
Darío de Regoyos y Valdés (Ribadesella, 1857 – Barcelona, 1913), es el principal representante español del impresionismo. Tras sus estudios iniciales en Madrid se trasladó a Bruselas, donde enriqueció su aprendizaje en contacto con Camille Pisarro, George Seurat o Paul Signac. Curioso, moderno, ecléctico y experimentador nato, además del impresionismo exploró también el naturalismo, el puntillismo y el simbolismo. Trabajaba directamente al natural, con rapidez y sin bocetos previos, lo que le facilitaba investigar sobre la luz, sus efectos fugaces y el color.
Como viajero incansable que recorrió la geografía española en busca de instantáneas, el ferrocarril ejerció una gran atracción para una mentalidad abierta y nómada como la suya. Así, en 1878 pinta El Palacio Real, en cuya parte trasera dejó escritas toda una serie de reflexiones, desde su amor no correspondido por Choncha -la hija de José de Echegaray-, hasta su rechazo a estudiar arquitectura -como deseaba su padre-, pasando por sus deseos de abandonar Madrid. Eran tiempos en los que solía acercarse al Paseo de la Florida, desde donde veía el Palacio Real y la entrada y salida de los trenes de la Estación del Norte, en los que tanto ansiaba montarse.

Entre 1901 y 1904, pinta otras tres obras con motivos ferroviarios que ubica en Castilla y León, dos de ellas en Pancorbo, localidad burgalesa situada en los Montes Obarenes, de gran belleza natural gracias al conjunto que forman su desfiladero, casas de piedra y el río Oroncillo. Por orden cronológico, la primera de ellas es Pancorbo, el tren que pasa, en la que unos niños reciben alborozados al futuro, representado por un tren de vapor que cruza con toda majestuosidad el idílico paisaje, tamizado por una bella luz matinal.

La segunda obra es El túnel de Pancorbo, donde observamos la parte trasera de un tren de mercancías que, tras salir de un túnel, cruza el viaducto que salva el enorme desnivel entre la vía férrea y la base del desfiladero. En ella se aprecian una serie de elementos habituales en sus cuadros, como son el puente o el viaducto, según el caso; la superposición de infraestructuras, con la vía férrea y el tren arriba, encarnación del futuro, y la carretera y la tartana abajo, representación del pasado; así como el dinamismo del tren frente a la quietud de las construcciones.

La tercera de las obras corresponde a la serie La España negra, de fuerte carga simbólica, donde refleja paisajes y rituales de la España provinciana. En Viernes Santo en Castilla vemos de nuevo el contraste entre el tren que circula por los caminos de hierro, con el faro de la locomotora encendido para acentuar la idea de progreso, frente a la procesión que sigue a una imagen religiosa, que discurre por los caminos de tierra, símbolo de la tradición.

Como buen impresionista, el ferrocarril fue un motivo recurrente en la obra de Darío de Regoyos, a lo que seguro que también contribuyó el hecho de que su padre, Darío de Regoyos y Molenillo, afamado arquitecto e ingeniero, fuera el artífice de los barrios madrileños de Argüelles y Pozas, además de dirigir las obras de construcción de la vía férrea al paso por Ribadesella.